Skip to main content

Mea culpa

22.01.2011

Per la Rosa Bernis

Hoy soñé que volvía. La noche de sábado de Gloria, cuando era niño, nos llevaban a la acera del lado de Badalona de la calle Marina, frente a la Sagrada Familia. El jardín público de Rubió y Tuduri no existia. Una valla de obra ocultaba unos almacenes, quizás de materiales de construcción. Al frente , las torres de la Sagrada Familia. En los años cincuenta, no había orientales ni turistas en calça curta. Era aún la ciudad derrotada, sucia, oscura, trabajadora. Por las tardes algunos autocares se acercaban , i l’home dels ocells, los gitanillos con la cabra, y el asnillo cargado de cerámicas andaluzas para proponerles se dejaban ver en la esquina de la Avenida de Gaudí. sabía quién era Gaudí, el pintoresco personaje autor de las torres más kitsch de la Cristiandad. Me hablaban de él no sé si con orgullo o con admiración mis padres, como sabía de la Pedrera, tan cerca de La Punyalada donde mi padre tenía su tertulia y a veces se me concedía el derecho a las mejores croquetas de jamón y bechamel de la Ciudad. La Pedrera fue mi decorado de enfrente de Chiquito, una fascinante teoría de escaparates de juguetes casi siempre inalcanzables (menos sin embargo que los de Tic-tac, en la Diagonal), que podía complementarse con el paseo hasta Zaquero (en la esquina del Cinc d’Oros) mientras mi padre estaba con sus tertulianos. A veces bajábamos hacia Plaza Catalunya y nos señalaban la cas Batlló, que entonces identíficábamos como Syra, por la tienda de objetos de regalo de sus bajos. Alguna vez en los viajes culturales de las mañanas de los domingos de invierno nos habían bajado hasta la fachada de la casa Güell en la calle Conde del Asalto, en la frontera del Barrio chino.

La noche del sábado de Gloria era de las poquísimas en que la disciplina familiar nos permitía “trasnochar”, esto es no irnos a la cama a las nueve o las nueve y media, o justo al oir la musiquilla del “parte” de las diez. Esa noche la Sagrada Familia se incendiaba de rojo púrpura, con miles de bengalas que alumbraban sus troneras. En silencio. El color crecía, crecía, luego brillaba como las estrellas, y se debilitaba hasta apagarse. Aplausos cerrados.

Durante tres décadas de vida las torres de Gaudí fueron mi paisaje cotidiano hasta que me exilié de mi ciudad. Para un barceloní que se precia aun de ello, y que sigue teniendo una relación de amor-odio con la ciudad – ambos naturalmente apasionados – , Gaudí fue la puerta que me abrió a Domènech i Montaner, think different, a Jujol, a los modernistas y seguramente a Wagner, Schönberg y Berg. Un itinerario lento iniciado con mis teens y mis excusiones domincales de largo recorrido por la urbe y su entorno, descubrí la fascinante cubierta de las escuelas de la Sagrada Familia, el de la Colónia Güell a bordo del expreso de Oriente de vía estrecha que salía del subterráneo de Poniente de la Plaça Espanya, empecé a abominar de las torres, un singular monumento kitsch que daba lugar a cuestaciones anuales como el Domund o la Cruz Roja, “qui creu que no s’acabarà no coneix al nostre poble” y que permitían que se construyese del lado de la calle Cerdeña una columnata que no me convencía demasiado. Durante mi adolescencia, suscriptor de Destino y de CAU, visitante ocasional de algunas ruinas románticas me llevó a ser escéptico, reticente, hostil a la continuidad de una obra discutible y a la que Nuñez y Navarro, probablemente tan escéptico como yo y como el propio Ayuntamiento de que aquello tuviese un fin, elevó una de sus monumentales fachades mesocráticas precisamente donde Gaudí habia pensado la escalinata de acceso…

Gaudí empezó a aburrirme, por su decorativismo, por sus delirios kitsch mientras descubría el racionalismo arquitectònico y el funcionalismo del gótico del país. Fascinado por Sant Pau i el Palau de la Música o por la cariátide derruida por Loewe en los años cuarenta de la casa Morera y las influencias Sezession en la Enher me pasé, con armas y bagajes a Domenech i Montaner y vivo en un lugar en el que construyó Jujol…

Abandoné la ciudad hace treinta años, la Sagrada Familia subirachsiana crecía y crecía, lenta y segura, el entorno devino un barrio de Yokohama y crecieron los bussiness para turistas, los fast food.

Al final vino el Papa. En estas ocasiones reconozco que me flipa, mola, o vaya ud. a saber amorrarme a la televisión para ver el evento. En esos días siento que no puedo ser infiel a mi Ciudad. Me sucede también el día de Sant Esteve, en que suelo ver la retransmisión del Concert de l’Orfeó Català y nunca quiero perderme el Cant de la Senyera final en el Palau de la Música. Un país se hace con pequeños detalles y ese es uno de ellos. Me sigue emocionando, como me emocionó el Virolai final de la extraordinaria retransmisión televisiva. Senyera y Virolai, durante la noche franquista fueron símbolos míos, privados. Vi la primera de gran tamaño en Perpiyà el 1956, pero la segunda fue la del Palau en la calle de Amadeo Vives, una mañana de los sesenta soleada, en la Barcelona franquista. El Virolai formaba parte de una rutina trimestral, terminaba todas las misas a las que acudíamos los alumnos de la Sección Bachillerato del Lycée Français en la Chapelle Française de la calle Bruc. Quizás como expiación del carácter laico de la escuela dirigido por el inolvidable Pere Ribera. Mientras salíamos de la capilla, el también cantaba, firmes, la mirada alta. Virolai, senyera, identidades, ciudad, país.

Mi prima Rosa me escribe hace un par de meses. Sabemos de ella y ella de nosotros de tanto en tanto. La llamo, cumple una década, quiere celebrarlo con nosotros. Estuvo con nosotros en el infierno de Euridice y Orfeo. No lo ha olvidado. Me dice con su voz cristalina que ha pensado en celebrarlo con una visita guiada a la Sagrada Familia, inside. Nos fascina la idea. Qué mejor ocasión para tener la excusa de ir, tras haber visto las imágenes. Rosa conserva admirablemente su elegante belleza juvenil, su sonrisa. Empezamos la visita, entramos. Boquiabierto tengo sobre mi cabeza el bosque de palmeras blancas que quizás Guillem Sagrera soñó para Maria del Mar y que el maestro de obras de Poblet abstrajo en la sala Capitular.

Santa Maria del Mar, Sagrada Familia, Poblet

 

Gaudí y sus discípulos trasmutados en Doménech i Montaner y sus relecturas del Gótico. Los rivales aunados un siglo más tarde con adiciones extraordinarias del más puro racionalismo en esas escaleras de caracol en los laterales internos de la fachada principal, la de la calle Mallorca. Y la luz, extraordinaria, con los tonos amarillo rojizos del cel rogent, pluja o vent que se filtran por los lucernàrios. El blanco, el rosa del pórfido, la luz, el bosque que nos acoge. Una sala enorme, humana, la sala de la Llotja de Mar, de la Llotja de la seda en el siglo XXI. Mi añorado Pere Ribera nos decía, en sexto del viejo Bachillerato que la arquitectura era la definició d’espais interiors. La torres de Gaudí eran una escultura kitsch, una instalación. La sala de la Sagrada Família es la reinterpretación en el siglo XXI del sentido civil del espacio del gótico del país. Por eso Rosa en su fe y yo en mi laicidad coincidimos en las sensaciones y su cumpleaños se ha convertido en algo que recordaré mientras viva. Lo de antes, mea culpa.