La magdalena que nos une

Hace pocos días, Claude Lévi-Strauss (1908-2010) cumplió cien años en su apartamento del XVIème arrodissement, ni cerca ni lejos del piso en que Marcel Proust se ahogó en su propia sangre, mientras enfebrecidamente trataba de corregir las últimas pruebas de Le temps retrouvé. Un siglo entero. Nació en 1908 el año que Pedro Laín Entralgo y que Ernesto de Martino, seis años antes que Julio Caro Baroja, cuando Proust avanzaba en la redacción de Du Côté de chez Swann. Swann – como el cisne de Lohengrin – , también era, como él, judío. Proust y Lévi-Strauss, vidas aparentemente nada paralelas y sin embargo paralelas. Yo no pude sustraerme a los efluvios de la magdalena cuando leí y releo y releo Tristes Tropiques. A James Boon le sucedió lo mismo en Otras tribus, otros escribas. Dos miembros de la burguesía hebrea francesa, ambos vinculados al mundo intelectual mondain francés, ambos sumergidos en un proceso de escritura febril, apasionante, sin parangón. Proust falleció, a los cincuenta y un años víctima de su asma, de sus nebulizaciones, de su hipocondria, de la prisión en que se encerró, con Celine- Françoise-, en el Boulevard Haussmann, luego en la Rue Hamelin. Les une su condición de etnógrafos. Uno, Lévi-Strauss joven, fue un nada interesante etnógrafo del mundo guaraní; el otro, fue el más extraordinario etnógrafo de la clase aristocrática y burguesa de la III República y quizás de la Europa entre burguesa y aristocràtica. ¿O alguien piensa que la fiesta del Coté de Guermantes – mil páginas para una fiesta – no es etnografia? Visconti necesitó cuarenta minutos en El gatopardo para lo mismo – que en el cine equivalen a seiscientas páginas -, i Concetta i el Principe Salina migraron del Faubourg Saint Germain para instalarse en el palacio palermitano. No logró Lévi-Strauss la magia del etnógrafo en Brasil, pero sí cuando quiso, y pudo, ser Proust, saboreando su magdalena particular en su triste evocación onírica – une rêverie – de unos trópicos que reconstruyó mágicamente – porque ahí sí està la magia del etnógrafo -, veinte años después. Luego se encerró en el Collège de France, se disfrazó de inmortal en l’Académie, escribió, escribió, escribió y escribe de manera desmesurada, como si la escritura fuese un arma que detiene el tiempo, que lo atenaza y que permite pensar que la vida no va a acabarse. Detener el tiempo y construir un mito, no con sangre, fumigaciones y esputos entre visillos, sino a partir de rêver, o de songer sobre mitos y más mitos hasta ser él mismo un mito, no sé si un fantasme de sí mismo. Cuando viví en París en 1976 no quise jamás ir a su seminario. Me sucedió lo mismo con Michel Foucault. Me negué por miedo a los trasgos o quizás porque aun no había sido capaz de saborear mi propia magdalena.