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Marta Allué. Antropologia (social) de la supervivencia

11.03.2009

Allué, Marta
La Piel curtida
2008. Barcelona, Bellaterra, 234 páginas.

Marta Allué

En 1934 el psiquiatra austriaco de origen sefardí, Jakob Levi Moreno, publicó Who Shall Survive? Foundations of Sociometry, Group Psychotherapy and Sociodrama. Beacon House Inc. (reed. 1978, 3 vols).
¿Quién sobrevivirá?, convertido en quién sobrevive o quién va a sobrevivir es la pregunta de investigación de este libro singular y fascinante. A Marta Allué no le interesa teorizar sobre la supervivencia como un hecho individual y psicológico, sino elaborar una etnografía de las prácticas sociales que permiten a los individuos sobrevivir en situaciones extremas sin perder la piel; al contrario, curtiéndola, convirtiendo la situación crítica en un proceso iniciático que les llevará a una mayor capacidad de vivir. Moreno quería sugerir recetas de profesional para cambiar ciertos aspectos de la terapéutica de determinados trastornos mentales, sin partir de las experiencias y las prácticas de los sobrevivientes de carne y hueso que pudieron contarlo. Allué cuenta lo que hicieron dos o tres centenares de personas para seguir viviendo. Habla de prácticas, habla de evidencias, con sus claroscuros. Habla de personas normales, no de de patología en niños, adolescentes y adultos que estuvieron sometidas a situaciones vitales inimaginables de extrema violencia y opresión, en zulos o en campos de concentración. Emplea el pasado pero es consciente que en Guantánamo y en todos los Guantánamos del mundo sigue habiendo personas sometidas a vejaciones, a violencia y a opresión que van a sobrevivir y cuyos relatos en el futuro añadirán nuevos datos a sus argumentos, que quizás más adelante ayuden a algunos o algunas a sobrevivir a los nuevos Guantánamos o los nuevos Bergen-Belsen que los hay y los habrá.

Allué no es pedagoga, ni psiquiatra, ni psicóloga. Tampoco es una Hermana de la Caridad ni una trabajadora social. Es una etnógrafa. De las mejores y cree en la etnografía implicada, esto es, en una etnografía que no sea simplemente un ejercicio de onanismo académico para acadèmicos. Cree que solo la etnografía es capaz de representar las prácticas, y sabe que solo las prácticas sirven para la supervivencia. Dice en bastantes momentos que los intelectuales y los académicos no sobrevivieron, lo hicieron los que estaban acostumbrados a sobrevivir. Por eso el libro se construye a partir de un par de centenares de actores que lo contaron tras sobrevivir a todo tipo de situaciones de crisis: secuestrados, internados en Lager, personas confinadas en unidades de cuidados intensivos y sometidas a situaciones límite de aislamiento, de deprivación alimentaria y sensorial, aisladas durante meses en zulos o barracones.

Añade a esos escritos algunas entrevistas y observaciones realizadas directamente por la autora en contextos muy diversos, pero principalmente en unidades de cuidados iintensivos de hospitales. Esto último pone de relieve una extraordinaria capacidad de observación, casi entomológica, atenta a los más nimios detalles. Esta capacidad de observación la construyó precisamente durante un año de confinamiento en situaciones extremas de la que pudo sobrevivir. Le permitió, en la soledad, desarrollar hasta el extremo una enorme sensibilidad para la observación etnográfica, pues esta era la que le permitía llenar las horas de su encierro.Esta sensibilidad la plasmó en su primer libro, Perder la Piel (Barcelona, Seix Barral, 1996), una autoetnografía sobre su upervivencia y un relato fascinante sobre el mundo hospitalario visto desde la cama de una UCI o desde un itinerario por distintos servicios, por una antropóloga. En Discapacitados (Barcelona, Bellaterra, 2003), toma como objeto de estudio a los temporalmente válidos que la rodean. La etnografía pasa de hablar de sí, a hablar de los otros desde el sí, a partir de un uso particularmente eficaz de las observaciones de campo y de los faits divers de la vida cotidiana. En ambos textos renunció voluntariamente a las corazas académicas y si las influencias del mejor Goffman y de la mejor etnografía del interaccionismo simbólico son notorias, es porque esta perspectiva era la que le permitía situar al lector en la tesitura de comprender, de tomar conciencia y de aprender.

En La Piel Curtida, que cierra la trilogía, los experimentos narrativos de sus dos libros precedentes adquieren un nivel de maduración y de sofisticación que desbordan los límites de las autoetnografías o de una investigación cuyo objeto inicial era una tesis doctoral. Ahora toma las autoetnografias, las biografías, las autobiografías, escritura más o menos lenitiva de dos centenares de personas, como el material de su observación para contestar a la muy racional pregunta de ¿por qué sobrevivieron? y qué permite a los seres humanos de cualquier clase y condición – y en este caso clase y condición tienen un sentido universal puesto que la mayoría son gente anónima – , a escapar de la muerte, de las vejaciones, del maltrato, de la violencia y posteriormente afirmar su condición humana plena, su normalidad vivida no como unos traumatizados permanentes, sino como seres que se han dotado de una mayores capacidades para vivir. Lo actores implicados en el relato han sido víctimas bien a pesar suyo, de situaciones vejatorias, pero una vez superada la situación no quieren seguir siendo víctimas, si testigos que deben asegurar la persistencia de la memoria y el rechazo al olvido complaciente de según qué. Víctimas tampoco porque contra la vulnerabilidad con que algunos discursos profesionales tratan de explicar determinados traumas, Allué demuestra de manera implacable, como incluso hombres y mujeres sin apenas recursos antes de se sobreponen a ello y son capaces de imaginar lo inimaginable para garantizar su supervivencia. Y en esto los testimonios de los niños, las adolescentes y los débiles son particularmente impactantes.

El libro atrapa al lector desde la primera página, en una espiral narrativa puesto que el yo de la autora y los datos están en una constante relación dialéctica. Se inicia con un tempo pausado, tranquilo, como corresponde a una investigadora que empezó a coleccionar libros sobre el tema en distintas librerías. Sin dejar respiro, el relato lleva, paso a paso, a los actores; no al horror, puesto que el libro no es sobre el horror, sino cómo los actores dan la vuelta al horror para sobrevivir y por eso el relato transpira ironía, sarcasmo y afecto. Y ese dar la vuelta es una odisea en la que el lector queda atrapado, conmovido viendo como las cenizas se convierten en diamantes y la noche y la niebla pueden llegar a desvanecerse, por la misma razón con la que el gran Ulises supo esquivar las desgracias para volver a casa. Es un libro sobre la grandeza humana. Es la magia de la etnógrafa. Es La Piel curtida.