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Maderas de Oriente

14 de febrero de 2010

Viajé a Oriente, por primera vez, en setiembre de 1996. Fui por razones profesionales a Tokyo, a un centro de convenciones, bajo el volcán, pasee por los templos zen y por las calles estrechas de casitas de madera de la ciudad antigua de Kyoto. En una cena maravillosa, agradecí a mis anfitriones la invitación y el viaje. Había soñado con Oriente desde mi adolescencia remota, llevado primero de la mano por Phileas Fogg y Passepartout, por Sandokan y sus malayos, por los intrépidos pilotos de la Golondrina del Capitán Gilson. Singapur estuvo siempre ligado a la escala de Fogg, al rajà de Sarawak, a las navegaciones de Mares de China. Crecí algo y muy pronto tomó el relevo la fascinación por el cine oriental de la mano de Porter y Kirchner en Destino. Por ellos descubrí al extarordinario Mizoguchi que un preclaro programador de TV2 nos servia una vez por semana en pleno franquismo, lloré con el Arpa Birmana y con Ikiru, disfruté como un loco con el mejor Kurosawa y la apoteosis vino la matinée en que me encerré en un Savoy desierto para ver Kwaidan de Kobayashi. Al terminar la proyección, literalmente enloquecido, salí a la calle con el sol que me deslumbraba y erré durante un par de horas para sobrellevar la emoción.

Pasaron los años, descubrí el Tokyo de Lost in Translation bastante antes que Bill Murray, aunque no estaba Scarlett Johansson, y me sumergí en la fascinación por Oriente. Por eso, les dije a mis anfitriones, con un grado de emoción probablemente nada oriental que ese viaje había sido el mejor regalo de mi vida. Déjé Narita, sobrevolé los volcanes extintos, pensando que jamás volvería a Oriente.

Tardé quince años en volver y reencontré la fascinación y el enamoramiento. No sé si seré capaz de transmitirlo.