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La Tesis del Sur de Pedro Cantero

30 de diciembre de 2008

A Pedro Cantero

Hace muchos, muchos años, un verano caluroso y seco. Navegaba al Norte del Alosno. Mi esposa dormitaba en el asiento del pasajero. Las chicharras no paraban de cantar. Tenía sueño. Me detuve. Enfrente una puerta con un letrero pintado a mano. Bar. Entré. Ella quedó en el coche. Pedí un café. Dos hombres se miraban apoyados en sus codos. Eran figuras simétricas ligeramente inclinadas, uno a la derecha, otro a la izquierda. No se oían las chicharras. El mostrador era alto, limpio. Algunas botellas medio vacías en anaqueles. Llegó el café. Un hombre empezó, con una sonrisa de medio lado, a cantar un fandango, mirando al otro. Luego, el otro se lo devolvió.

tiré suspiros al viento
y el viento los recogía
y tú ni por un momento
recoges la pena mía.

Intentaba tomar el café con sorbitos de niño, para que durase. Los fandangos se alternaban y supe que yo no estaba allí, que me había convertido en una figura invisible a la que era dado, una tarde de verano caluroso y seco gozar de algo que nunca jamás gozaría. El tiempo se detuvo. No sé cuanto tiempo estuve allí, no mucho pero me pareció eterno. Luego pararon de cantar. Salieron. Musité algo al hombre del bar. Pagué el café y salí a la calle. Villanueva de las Cruces se desvanece y estoy tumbado en la cama, a la vera del Mediterráneo. Tengo en mis manos Del senti-miento, la tesis de Doctorado de mi colega Pedro Cantero, un castellano viejo que migró de la Ribera del Duero al Andévalo. Es una tesis insólita, de las que solo pueden hacerse cuando las nieves del tiempo pltean la sienes. Nos conocimos por mis pasiones rocieras, y me propuso hace un tiempo que estuviese en su tribunal de tesis. Descubro que él como yo viajó de la salud mental a la antropología, y que el, como yo quiso viajar al Sur y llegamos ambos a entrever el Sur que Iciar Bollaín no sabemos si llegó a ver desde la Zamora de su niñez que se inventó Erice.

– Una tesis, me dijo Pedro, pero no te asustes, son 850 páginas añadió, medio disculpándose.

Pedro y yo andamos ya canos por el mundo y a estas alturas del partido que es la vida, hacer una tesis en su caso, o una memoria de oposiciones en el mío acaba siendo algo con lo que no pretendes que nadie te examine, porque lo que quieres es disfrutar escribiendo y soñando, aunque te veas obligado a frenar tu libertad porque las convenciones son las convenciones y esto no deja de ser un examen. Dicen que los que venimos de la salud mental, de tanto andar con locos algo se nos pega.

Quizás sí. Abro el libro, ojeo el índice, me llama la atención el comentario sobre los epígrafes. Siento un cosquilleo de complicidad. En la página 31, el aprendiz se doctora con tres páginas. Las termino excitado, emocionado, pris, tiro el lápiz de colores al suelo, subo la persiana, digo que me olviden de mí un buen rato y empiezo a soñar despierto.

En una tesis uno suele felicitar formalmente al doctorando y a su director aunque lo leído sea lo que sea. Luego, tras la laudatio al pobre doctorando se le critica con saña. Pero, ¿es posible ese ejercicio ritualizado tras el gozo? Gozo porque mi lectura no tiene nada que ver con el ejercicio de obligado cumplimiento que le toca a uno, una y otra vez a lo largo de su carrera académica. Gozo porque tiene que ver con mi sentimiento, con mis experiencias unas millas más al Sur que él, con nuestras experiencias comunes de la salud mental a la Antropología, con nuestras experiencias y nuestras dudas comunes sobre nuestras identidades profesionales. Gozo porque cuenta magistralmente y me devuelve a mis experiencias en el Sur, me ayuda a comprender lo que no supe expresar, o lo que nunca fue discible. Gozo por lo que evoco. Yo no puedo leer esta tesis como un vocal de tribunal que juzga a un jovencito brillante de treinta años. Yo no conocía a Pedro personalmente, nos habíamos encontrado ocasionalmente, había leído cosas suyas porque conectaban con cosas mías del Sur, pero nunca había abordado la historia y los efectos de su viaje a Quimera-Galaroza y hete aquí que tropiezo con Quimera y con el modo que lo cuenta, con un punto de tristeza melancólica porque él y yo ahora ya restamos y no sumamos. Y su tristeza y la mía son parejas puesto que narra él y quise narrar yo un mundo que se ha desvanecido bajo nuestros pies, que ha conformado nuestra geografía sentimental, y en el que más allá de los resultados académicos o científicos decidimos en un instante de nuestras vidas rescatarlo para nosotros mismos aunque intentando que sean otros que también lo rescaten del modo como nosotros lo hemos sentido.

Y leo como en una nube las narrativas de los rituales, como Pedro nos conduce como un guía experto, sin decirnos mucho, de modo que seamos nosotros que descubramos los rincones secretos, del mismo modo que el narrador descubría le petit pan de mur jaune en la vista de Delft de Vermeer. Pris en el relato me enfado cuando Pedro me lleva a la realidad de la tesis y me suelta un chorro de citas eruditas, algunas no sin ironía, pero concedo que las necesita porque son los posos con los que ha podido conformar el relato, son también retazos de su vida, imágenes, frases. Paso deprisa y me sumerjo de nuevo en la lujuria de un lenguaje que, sin necesidad de caer en el naturalismo o el (mal) llamado realismo etnográfico, se compone de estampas impresionistas, de pequeñísimos detalles nimios entresacados de biografías y de entrevistas de largo recorrido sin esos odiosos, espantosos y dignos de ser prohibidos párrafos entrecomillados trascritos directamente de la grabadora que hemos de sufrir cada día de nuestras vidas en esta profesión que adoro.

Aquí no, el autor es autor y narra como ve, como oye y como siente, , y es en este sentimiento en el que el lector queda atrapado y Galaroza-Quimera queda suspendida en el aire y nos transportamos a su interior como seres transparentes a los que nos ha sido permitido el placer, el gozo de estar presentes y de vivir lo que el vivió. Vivir y sentir a la vez experiencias vividas y sentidas, pero al diferencia del él apenas escritas de mis goces y mis sentimientos en un Sur mítico que ya no se si es verdad o si es soñado o si es simplemente la necesidad que tenemos de fijarlo. De vez en cuando me decía mientras leía, pero esto no puede ser ya, esto seguro que ha cambiado, cuando pasé por ahí hace un par de años ya no era así. Pero tanto me da, estas etnografías no pretenden ser una verdad histórica, están hechas para representar emociones que corresponden a periodos históricos determinados.

Cuando haga falta ya habrá quien triangule con otras fuentes esta fuente etnográfica y la releerá de otro modo. A Pedro hay que aceptarle el derecho a ser libre y a ser autor. Y es que en el relato de Pedro, o quizás sea mi percepción de su lectura, hay la necesidad de fijar algo que ya se ha ido, como hiciera Proust y que forma parte de él. Y me replicaba a mí mismo, olvida tu condición de vocal de tribunal, esto no puedes leerlo así, esto es como a ti te gustaría haberlo hecho porque Pedro cuenta su vida sobre la vida de los otros, y su tristeza es la misma que tu reflejas cuando reconstruyes tu geografía sentimental, y si algún día escribes lo que le debes al Sur y a tu Sur, este libro será tú referencia. Vida, porque como sucede en los etnógrafos con largas trayectorias en un lugar determinado, como Luis Mallart, es imposible disociar la vida personal y la etnografía, mucho menos escribir fríamente, distantemente, sobre un proceso que tiene tanto de ritual iniciático que le cambia a uno y hace suyos aquellos versos de Baudelaire

Un coeur tendre, qui hait le néant vaste et noir /du passé lumineux recueille tout vestige

Puesto que es lo que queda de la vida y de las gentes con las que ha vivido, con las que ha soñado, a las que ha ofrecido su presencia transparente y les ha permitido ocasionalmente liberarse y a las que ha acompañado a su última morada.

Terminé la lectura y me dije, perplejo. Y ahora que vas a decir. Esto es una Tesis pero no puede juzgarse, o por lo menos no pienso juzgarla. Sería juzgarme a mi mismo. Decidí sacar mi vena loca y inicié el ejercicio de leer de la tesis al revés, del final al principio, tumbado en la cama. Empecé con los hombres y fui siguiendo hasta las vírgenes y el paisaje, pasando por los gozos, y me salté casi todo lo erudito. Y aun, siguiendo los sabios consejos de Pedro Cantero correteé por el breviario extrañamente surrealista que cierra el enorme volumen. Si la primer había sido fascinante, el recorrido inverso no era para menos. Podía haberse escrito al revés. Me fascinó el juego, y descubrí que el propio Pedro insinúa en algún lugar, ir de los hombres y las mujeres a las vírgenes y los rituales. Poco en la antropología española se ha escrito tan bien, Pedro pone el listón altísimo por su tremenda habilidad en emplear lo nimio, la descripción casi entomológica con una economía de medios tremenda y con el uso de las elipsis y un habilísimo uso de las letras de las canciones o de los idioms de sus amigos para construir un mundo que no es solo ya etnográfico sino literario. No sabía yo que era castellano viejo, hasta que lo descubrí en su texto, y ahí se acrecentó mi admiración por un lenguaje que sólo muchos años en Al-Andalus puede modelar. Ahí es na la comparación entre la religiosidad castellano-vieja, las devociones procesionales de Zamora de rigor, negritud, silencio y sobriedad con la explosión barroca de la andaluza.

Maio, maduro, maio Sevilla, 2007