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Homenaje a Portugal

9 de enero de 2012

Escribía en 2011 Enric Juliana en La Vanguardia, que Portugal era el único país de Europa del Sur que había asumido con dignidad la respuesta a la crisis. Vivi dos meses en Lisboa y estoy plenamente de acuerdo. Portugal es tan distante y tan distinto de la España cañí y quizás por ello lo queremos tanto. Antaño se decía de alguien que era pobre pero honrado. Creo que debo matizar la frase, quizás Portugal sea pobre, probablemente la mayor parte de la gente es honrada – como en todas partes – , pero Portugal es una res pública – o sea el sentido más noble de la palabra república – y eso es lo que hoy se expresa en forma de dignidad civil. Es una sociedad que ha conservado la urbanidad que se decía antes, la cultura cívica, el poderío de la sociedad civil, un cosmopolitismo embodied y no la versión cañí del cosmopolitismo en la España negra como «el patriotismo constitucional» o la «idea de epaña», esto es un proyecto de país que nunca ha tenido nada de res publicano y ello ha motivado el fracaso de las dos experiencias republicanas. Se dice que no puede haber república sin republicanos, no puede haberla sin res publicanos, sin conciencia civil y de clase, sin mirar a la modernidad.

Me regalan Teresa y Luis una funda preciosa bordada con punto de cruz: Produzir e Poupar manda Salazar. Qué ironía, pero Salazar era economista y fue siempre un civil, no un militar. Dictador si, pero de otro tipo, Portugal siempre fue república – se cargaron eso sí al penúltimo rey – , y la sociedad portuguesa sigue siendo en su modestia, civil y cosmopolita, leída, conocedora de lenguas mirando a París o a Londres alternativamente, pero sobre todo al mar, al mundo.

Me dicen mis amigos y mis alumnos portugueses, cuando elogio a Portugal que es un espejismo nuestro. Creo que les cuesta aceptar, porque son res publicanos que su concepción crítica de su República sea en definitiva el valor res publicano de la sociedad en la que viven y en la que convivo unos meses cada año. Una sociedad que se quiere culta, aunque se quiere también humilde, que no se llena la boca con glorias imperiales, en la que al clero y a los obispos no se les oye, donde la cadena de televisión destinada a Africa ofrece unos informativos excelentes, donde siguen existiendo maravillosas librerías, cafés y pastelarias donde se puede hablar porque los gritos del vecino no atosigan, en donde se puede seguir tomando, en impecables bicas blancas de porcelana los mejores expressos, con permiso de italianos y neozelandeses, del mundo, en cualquier barrio. Un país en el que las señoras mayores ceden el paso a los discapacitados en la puerta del autobús o del eléctrico, en que los ancianos se alzan cuando entra en el autocarro un mahgrebi con muletas. Un lugar donde ante cualquier situación se sienten obrigados que es la quintaesencia del espíritu del dar del que hablaba Marcel Mauss, lejos del gracias, merci o thank you. Un lugar donde el servidor público no es servil sino cortés.

En Portugal la vida está cara y mucha gente sufre, ha de sobrevivir. Pero sobreviven. En Febrero cuando llegamos a Lisboa, enormes carteles del PCP – si el partido comunista portugués – anunciaban que a mas productividad, mas salario. Trabajar, trabajar, trabajar, salir adelante. En Noviembre unos anuncios del licor Beiraô, algo así como un Aromas de Monserrat, lo que antaño llamábamos un estomacal mostraban sendas caricaturas de Merkel y Sarkozy añadiendo «vamos a cumplir». Cumplen. Lo veo en las calles, en las tiendas, en las esquinas, en la universidad.

Hubo una Greve Geral – en Grecia llevan no sé cuantas – , y una manifestación y la cámara ojo decidió asistir en un día maravilloso del otoño lisboeta, con un sol radiante. La maní empezaba a las 14.30 porque en la República se come a horas civilizadas – y se come bien – . El recorrido Pombal, Liberdade, Rossio, Chiado, Garrett Camoens hasta Sao Bento. Quise mostrar a la gente, traté de recoger mis sentimientos. Nunca sabes si lo logras. Me dice Clara, lisboeta, que para ella Cataluña es una república. La miro con el mismo escepticismo que el de Clara o de Luis o de las Teresas me miran cuando hago el elogio de Portugal. Quizás por eso quiero volver a Lisboa y quien sabe si exiliarme allí.