Zamoranos. A visual Ethnography of the Semana Santa
Bibliographic quotation: Comelles, Josep M. (2020) «Zamoranos: A visual ethnography of the Semana Santa». Des del marge del marge (blog) 15 Abril.
Videographic quotation: Comelles, Josep M. (2020) Zamoranos: A visual ethnography of the Semana Santa (Documentary). Tarragona: Arxiu d’Ethografia de Catalunya, video 47′.
Antecedentes
El proyecto etnográfico de Zamoranos se inició en la Semana Santa de 2011. Disponía de una videocámara doméstica digital y en el par de años anteriores había desarrollado algunas experiencias con la narrativa visual, cuyos antecedentes he descrito en ,Etnografía, fonografía y cine(mato)grafía. Eran al principio videos cortos, no pasaban de los 30 minutos. Ir más allá me producía cierto vértigo por los problemas de ritmo y narrativa que había que abordar. Aun así, a instancias de Manolo y Xavier Allué, fuimos los tres a la Semana Santa zamorana en 2011.
Yo había asistido, la primera vez, de la mano de su padre, Anselmo Allué de Horna (1912-1990), un médico zamorano que llegó a Tarragona en 1946 y ejerció en la ciudad hasta su jubilación en 1982. Anselmo Allué hizo el Pregón de la Semana Santa en 1964. El mismo se identificaba como un «semanasantero» y durante una década, en su casa podía hojear El Correo de Zamora, el periódico local al que estaba suscrito. Como buen médico de su tiempo Anselmo podía combinar una mirada etnográfica con la mirada clínica y su conocimiento de la Semana Santa zamorana procedía de muchas décadas atrás. En su traspaso vistió la túnica de La Congregación.

Anselmo Allué de Horna en su Pregón de la Semana Santa de Zamora en 1964
Tras su jubilación, la Junta Pro-Semana Santa le invitó a pronunciar, de nuevo, el Pregón de 1984. Aceptó inmediatamente aunque había sufrido una grave enfermedad un par de años antes. Viajamos en coche un día entero con su hija y su hijo. Llegamos la víspera del Domingo de Ramos y volvimos el Domingo de Pascua. Acompañar a Anselmo empujando su silla de ruedas por las calles de Zamora para asistir a todas las procesiones de la semana fue la ocasión de que nos ofreciese su profundo conocimiento, su extraordinaria memoria en los detalles. En la mayor parte de cortejos, los tronos se giraban y le reverenciaban. Era un personaje muy conocido en la ciudad e incluso ahora, jóvenes que nunca pudieron conocerle, hablan todavía de él. Para mi fue una experiencia inolvidable, aunque tardaría un poco mas de un cuarto de siglo en repertirla. Aunque mi identidad de antropólogo ya no ofrecía dudas en 1984, no pensé en tomar notas. Visto hoy no fue mala idea. En 1984 trabajaba sobre la Romería del Rocío y rodaba aun en super 8 y hubise sido muy difícil conciliar la imaginería rociera con la muy sobria y minimalista etiqueta zamorana.
El Super8, en los ochenta estaba en franco declive por la competencia del video analógico. No tenía videocámara y el compromiso de hacernos cargo, a Manolo Allué y yo de empujar aquella silla de ruedas enorme y disfrutar de lo que nos contaba, no me motivó ni siquiera a sacar fotografías. Me quedé, por eso con las sensaciones, los silencios, las músicas, la sofisticación de los cortejos. Permaneció en mi memoria y supe que, algún día haría algo. No me podía plantear un publicación escrita puesto que el tema se alejaba mucho de mis campos de trabajo, hasta que, en 2011 me tentó desafiarme a mí mismo y rodar lo que aun no osaba llamar «etnografía visual». Del miércoles al domingo de la Semana Santa de 2011 rodamos con Manolo y Xavier Allué unas cinco horas, con dos cámaras, una digital y una vieja Sony de cinta antediluviana y de formato 4:3. El esfuerzo valió la pena, pero durante un tiempo me producía pánico su edición. Entonces utilizaba un programa doméstico de Apple- iMovie-. Poco tiempo después , Apple presentó una nueva versión de su programa profesional Final Cut Pro X, que me permitió pasar de las rutinas elementales del iMovie a una edición profesional y ir descubriendo las infinitas posibilidades que ofrece hoy la edición de video. De ahí que en 2015 volviésemos Manolo Allué y yo a Zamora a rodar lo que no había salido bien o lo que faltaba para tratar de producir un documento profesional. En 2015 estaba al borde de mi jubilación y el rodaje fue bastante agotador. Edité una primera versión de Zamoranos ese año. Fue una suerte de Trabajo de fin de master aunque me quedaba pendiente aprender postproducción de video – especialmente el etalonado y la colorimetria -, y de audio, seguramente lo más difícil aunque esta vez fui con una microfonía decente. No fue hasta producir posteriormente y dirigir Almonteño déjame que yo contigo la lleve que avancé en los recursos de post-produccion que necesitaba y el confinamiento del coronavirus me ha ofrecido la oportunidad de acabar la versión definitiva de Zamoranos. A visual Ethnography of the Semana Santa.
La etnografía visual como alternativa
Empecé a pensar en la «etnografía visual» para poder experimentar con otro tipo de lenguajes que el escrito, como un modo de comunicación distinto. Cuando empecé mi tarea profesional como etnógrafo visual, los canales de video en Internet ya permitían publicar en abierto y encajar lo producido en los blogs que creé en 2009. Saltar de la escritura a la imagen me resultaba atractivo abordarla porque soy un cinéfilo con mas de medio siglo de antigüedad. Como experiencia personal y profesional suponía un desafío al que no estaba dispuesto a renunciar. La tecnología actual, tanto de registro como de edición, tienen una versatilidad extraordinaria de la que carecían los soportes fotoquímicos y magnéticos y resulta económicamente asequible. Cierto es que aprendemos a escribir y las reglas básicas de la gramática en nuestra más tierna infancia. En cambio, aprender a rodar, o a grabar sonido, mi generación no lo tuvo a su alcance. Esto plantea la frontera entre «profesional» y amateur. Me considero un «profesional» de la etnografía visual, pero no soy un documentalista trabajando para una empresa de comunicación. Soy un antropólogo una de cuyas vertientes profesionales es la etnografía visual. Por eso preciso cada vez más del soporte de técnicos de post-producción para el acabado de algunos materiales. Mi tarea como etnógrafo visual es artesanal, consiste en producir narrativas visuales que espero tengan valor como fuente etnográfica con independencia de su calidad puramente técnica o artística. El etnógrafo visual puede trabajar con un teléfono movil – los planos del interior de la Catedral de Zamora los rodé con un iphone 4S -, una tablet o con equipo doméstico, semiprofesional -, pero en 2015 ya rodé con una cámara semi profesional
La mayor parte de los planos son con cámara subjetiva. Mirar i rodar para, en la mesa de edición, construir un relato que tenga una estructura coherente como representación de una realidad etnográfica. Entiendo que toda etnografía debe poner de relieve al autor que elige qué tipo de notas de campo o que planos va a escoger y como ese conjunto de planos va a construirse posteriormente a lo largo de un proceso en el que el etnógrafo debe confrontarse con sus sesgos en la mirada, con sus criterios de elección de los planos.
Parto de una concepción de la etnografía abierta. Soy un mirón – también un voyeur – y creo que la mirada etnográfica visual puede y debe ser siempre flottante – como decía la añorada Colette Pettonet -. Esta claro que no soy un periodista – hay periodistas excelentes etnógrafos-. Yo miro (ruedo), edito i prou. No miro ni edito de cualquier manera, me pesan cuatro décadas como antropólogo profesional y más de medio siglo como cinéfilo que ha visto de todo. Cuando miro y escojo lo que quiero ver tengo presente que el contexto de mi mirada es siempre complejo y asumo mi background teórico específico y mi propia cultura visual. Si mi etnografía escrita bebe del interaccionismo simbólico, mi etnografía visual también. Con una excepción, Stultifera Navis, que debía construirse sobre imágenes de otros y solo alguna mía complementaria y tenía un libro paralelo. En mis pinitos como etnógrafo visual hasta la fecha y que forman parte de un proceso de aprendizaje, parto siempre de case study delimitado a priori que un espectador cualquiera pueda reconocer sin demasiadas explicaciones, por eso lps procesos rituales son particularmente útiles. Mi idea de lo visual es que sea «visual» asociado a un paisaje sonoro (soundscape). Eventualmente, puedo añadir algun soporte sonoro externo, como en este caso los compases de Getsemani de Roberto Dorado que abren el video y los de la marcha de Thalberg en los créditos finales. Utilizo ocasionalmente documentación visual de terceros como en este caso para poder enlazar adecuadamente una determinada narrativa: en este caso es el río o la gente que espera la salida de la procesión.
La Semana Santa como unidad de observación y análisis
Mi interés por la Semana Santa «local» deriva de mi tarea etnográfica previa en el Rocío y su evolución a lo largo de un proceso de secularización global percepctible en la mayor parte de rituales religiosos que se habían reestructurado durante el nacional-catolicismo. Su representación en No-Do, permite hoy documentar esa afirmación, tanto en las locuciones como en la edición de imàgenes. En los sesenta el Ministerio de Información y Turismo amplió su ámbito, del puramente religioso o identitario o ambas cosas a la vez a la de la oferta de productos culturales para el turismo de masas (Comelles, 2000). Cuando Jacint Esteva (1963- 1970) rodó Lejos de los Arboles cuanto observó formaba parte de una cultura folk local, en la cual el extraño era él con su cámara y su equipo.

Fotograma de Lejos de los Arboles (Jacinto Esteva, 1978)
Esteva no se planteaba una etnografía visual académica, sino usar materiales etnográficos para una mirada muy creativa sobre la España de los sesenta. Es la mejor fuente etnográfica que tenemos de esa época, pero tiene como limitación que, al tratarse de un mosaico de eventos, cada uno de ellos no pudo desarrollarse a fondo . Su breve documento de 9 minutos sobre el Corpiño, se explica por su inserción en un proyecto más global. En cambio, el material rodado por Carmelo Lisón sobre el mismo evento, en formatos subestandard es más amplio. No podía tener la calidad profesional de Jacint Esteva y según el propio Lisón lo rodaba como fuente complementaria a su trabajo etnográfico escrito.

La Romería del Corpiño en Lalín (Lugo)
Una procesión de Semana Santa es un «acto social total». Tiene la voluntad explícita de construir una teatralidad con una doble finalidad: privada en en términos de catarsis personal – la del penitente que asume el sufrimiento que implica y de la culminación de la promesa que ha realizado-, y colectiva que gira en torno a una frontera tenue entre la adscripción religiosa y la identidad civil. Involucra – en Zamora es evidente-, al que está en la procesión – el «cofrade» y quienes acuden, nunca espectadores pasivos. Hay una dialéctica emocional entre unos y otros que se expresan en contactos físicos, en reconocimientos y en dimensiones emocionales y sentimentales – los llamados «pasos de devoción-, que es inevitable considerar y en mi caso reflejar. estos juegos de indetidades múltiples me han interesado, y así lo expliqué en el Rocío: entre la devoción personal (ser rociero), la identidad local (ser almonteño) y la condición de espectador (ir al Rocío). Si la dimensión también lúdica del Rocío permite la posibilidad puramente lúdica y actualmente masiva, mi experiencia en Zamora es distinta. El extranjero, el forastero es minoría.
Semana Santa en Baeza
Me interesan las procesiones de Semana Santa como género teatral. Estuvo en la base de su configuración durante la Contra-Reforma y llegan hasta nosotros tras profundas modificaciones. Este género, como es bien sabido se estructura en todas partes en base a cofradías y hermandades – por estrategias de participación social – y formas de organización, entre civil y religiosa de las res publica locales, no solo relacionadas con lo religioso. No pocas cofradías han sido el punto de partida de acciones e institucionalizaciones de dispositivos de acción social, más allá de su función ceremonial. Me interesan pues en tanto que formas de organización de la civilidad y de articulación social nunca ajenas a perspectivas de clase o estamentales. Esa es la estrategia que seguí en el documento sobre la procesión del Sant Enterrament de Tarragona, cuando empezaba a pensar en etnografía visual.
Por su dimensión local, la Semanas Santas juegan siempre en un límite muy poroso entre la concepción científica de lo folk y de lo culto. Lo que se había llamado en ocasiones la «pequeña» y la «gran tradición». Las relaciones y proporciones entre lo folk y lo culto son siempre muy complejas y Zamora es un ejemplo excepcional, precisamente por haber defendido su Semana Santa de la terciarización.

El Yacente en la Seman Santa de Zamora
Sobre los procesos de secularización y las formas de organización de la vida civil mediante cofradías religiosas se ha escrito bastante desde las Hermandades de Isidoro Moreno de 1974. Pero el modelo no puede aplicarse a Zamora. A mi juicio, la identidad civil de la Ciudad semanasantera parte de una premisa distinta: no pretende inscribirse en la terciarización turística aunque el forastero es siempre bien recibido sin halagos innecesarios. Cualquier observador puede comprobar que el número de «turistas accidentales» es modestísimo si se compara con otras. Se limita a unos perfiles dominantes de turistas con «intereses culturales» en su mayoría.
Quiere un determinado pensamiento muy ideologizado, que esos eventos sean una realidad más o menos inmutable, simplemente devota o el producto de la irracionalidad vinculada a la fe. No comparto ninguna de ambas interpretaciones. Más al contrario, las procesiones y su protocolo – su teatralidad -, es el fruto de una racionalidad inscrita en el Derecho canónico y regulada por la Iglesia, pero a la vez estan sujetas a la creatividad local maravillosa. Por eso, las Semanas Santas están en un proceso constante de cambio por la complejidad de sus significados. Desde el punto de vista puramente religioso tanto ellas como el Rocío del s.XXI nada tienen que ver con el que fue objeto de mi trabajo de campo entre 1978 y 1984 ni con el que describen las fuentes literarias, folklóricas y visuales de antes de la Guerra o de la primera década del Franquismo. En Zamora, entre mi primera visita en 1984 y las de 2011 y 2015 la evolución es evidente. La sociedad ha evolucionado y la Iglesia también. En Catalunya, las procesiones agonizaban o desaparecieron durante el tardofranquismo y no se fueron rehaciendo más que en las dos últimas décadas, coincidiendo con la máxima secularización de la sociedad catalana. Tanto es así que en la de Tarragona, la más importante del Principado, los elementos de secularización han ido adquiriendo un papel cada vez más significativo en la misma. Lo podré de relieve próximamente en un documento visual sobre la recollida dels Misteris que precede a la procesión. En Zamora, estos espacios de sociabilidad son evidentes tanto en los tiempos que preceden la salida de cada cortejo como en el picnic que opera como intermedio en los desfiles de la Vera Cruz y del Sant Entierro.
Sin embrago los ethnoscapes semanasanteros aunque extremadamente cambiantes mantienen rasgos estructurales relativamente estables en su ritualización que no excluyen, en el actual proceso de secularización global, las lleva a procesos de resignificación.
Zamoranos Identidades complejas
Zamora es una pequeña capital (66.000 habitantes) de una de las provincias más despobladas del Estado. El urbanismo del centro histórico, sin la espectacularidad monumental de otros, la hace particularmente atractiva a la vera de un Río Duero de una belleza indiscutible y milagrosamente preservada. Casi 30.000 zamorados son cofrades de una – y muchos de varias- cofradías-. El entero ciclo anual de la vida cultural zamorana, se relaciona, en mayor o menor grado, con la vida colectiva de las cofradías.
En Semana Santa, organizan un ciclo procesional de ocho días de duración, cuyo núcleo más significativo se encuadra entre el miércoles por la tarde con el Juramento de Silencio ante el Cristo de las Injurias y la vuelta de la Soledad, el sábado de Gloria, a su retiro en la Iglesia de San Juan (1). No quiere esto decir que los demás días sean de relleno. No podré jamás olvidar el impresionante desfile de La Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Espíritu Santo con sus túnicas zurbaranescas y su minimalismo musical.

Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Espíritu Santo
No negaré, que para los semanasanteros chevronnés, el ciclo de miércoles a sábado es el bloque que nadie puede ni debe perderse por ser el espacio laboralmente liberado que permite a los zamoranos de la diáspora volver a su ciudad. Ocho cofradías desfilan tres días seguidos sin solaparse. Entre una y otra procesión apenas queda tiempo para ir de una a otra, o para cambiar de túnica. La madrugada de Viernes Santo es de vela y solo quedan libres pocas horas para acostarse un rato el jueves o el sábado de madrugada. A diferencia de Andalucía, el pique no existe. Por esta razón, esas ocho procesiones encadenadas deben considerarse una única estructura narrativa en la que se alternan desfiles procesionales muy íntimos y devotos, desfiles de naturaleza folk fuertemente embodied, cortejos profesionales más oficialistas. Unos clásicamente barrocos, otros de un minimalismo casi abstracto. Esta narrativa, muy rodada a lo largo de décadas armoniza de manera magistral en un espacio público muy singular hecho de una combinación de paisajes visuales y sonoros . Alternan un minimalismo muy sofisticado incorporado por la cultura folk local desde referentes iniciales muy intectualizados – que incorporan relecturas de lo folk como en la «procesión de las Capas»- o parten de idearios radicalmente místicos como en el Yacente o el Cristo de las Injurias -, junto a con procesiones populares ruidosas, corales, junto a algunas que incorporan una dramaturgia operística con alguna rara concesión zarzuelera .
No me cabe duda que en Zamora la música, sea la de la excelente Banda Municipal como la de los concertistas individuales de las Capas, dan lugar a un muy elaborado y secuenciado paisaje sonoro (soundscape) que no puede considerarse una yuxtaposición puramente accidental, sino una única partitura que enlaza el conjunto del ciclo procesional (2). Creo que sería posible hablar de suite musical, pero la intervención de la voz humana – coros, Miserere, Stabat mater -, y sobre todo de una mise en scène teatral la enlaza con la ópera. Contrasta en ella el silencio absoluto con el único sonido de las hachas golpeando en el suelo, la percusión a palo seco, una impresionante presencia de bandas sinfónicas interpretando marchas muy arraigadas en Zamora y altamente sofisticadas en su composición instrumental – y muy exigentes para las bandas -, junto a escenas de coralidad operística como los Miserere, Stabat Mater o Salves asociadas a música internacional como las marchas fúnebres de Segismund Thalberg (ver infra) y la de de Federico Chopin. Añádase el peculiarísimo paisaje sonoro de afirmación popular y folk que precede al arranque de la procesión de la Mañana una vez el Merlú llama a los cofrades. Si insisto en la unidad narrativa de los días claves, no me cabe duda que los tempos musicales corresponderían a un melodram o una ópera estructurada en «actos» en la que cada paisaje sonoro adquiere una tonalidad expresiva distinta.
La tensión, siempre muy bien resuelta, entre lo culto y su apropiación por lo folk debo interpretarla a partir del papel que la Semana Santa zamorana tiene también en la construcción de la identidad civil de la ciudad. El relato semanasantero zamorano – que Anselmo Allué (1912-1990) supo glosar muy bien en sus dos pregones de 1964 y 1984 – es un relato radicalmente folk a pesar de sus elementos intelectualizados y cultos.Es así porque el folk zamorano toma distancias explícitas con el semanasanterismo bético – especialmente sevillano -, y con el castellano representado por la monumentalidad de las procesiones de Valladolid que salen del mejor museo del mundo de escultura religiosa en madera. La Zamora, lejana y sola, pequeño burgo perdido en la Meseta, solo puede oponerles imágenes de Cristo – todas artísticamente extraordinarias -, y las Dolorosas y la Soledad. Junto a ellos los tronos acogen una iconografía folk representada por el «calvito».

El «Calvito», de rodillas a la izquierda
También por el «cinco de copas» o «Longinos», entre otras, que para los más chuscos podrían considerarse casi ninots de falla pero que los zamoranos, con una combinación de ironía y afecto, han convertido en el emblema de una Semana Santa que jamás pierde su engarce popular. Así es Zamora, una pequeña ciudad con una menestralía y una clase media, unas clases populares de raigambre rural y una clase funcionarial asociada a la capitalidad provincial.

El Cinco de Copas
Este diseño de producción combina, de un modo magistral, elementos muy claramente populares, folk como en los desfiles procesionales de la Vera Cruz o de la Mañana, junto con rasgos procedentes directamente de las artes escénicas no solo de las propias de los espectáculos de calle que estuvieron en su base fundacional en el s.XVI, sino también en la mismísima ópera. Esta tensión, buscada, entre lo folk y lo «culto» busca la transversalidad social aunque sea posible- o mejor era posible- identificar cofradías «de clase» o estamentales hace apenas medio siglo mientras que hoy las fronteras entre el que mira y el que participa sean extremadamente fluidas. El que mira se vestirá luego y se intercambiaran los roles. La construcción de la identidad civil zamorana – transversal – durante la Semana santa opera también en la disolución, como sucede en toda la Europa -antaño católica- del Sur, de parte de sus significados religiosos, íntimos y en su resignificación como ritual identitario de la res publica local.
En esta producción del ethnoscape local un ejemplo mayor es la historia – magnífica – de cómo la marcha fúnebre para piano del ginebrino Sigismund Thalberg (1812-1871), un virtuoso que creo que solo los zamoranos recuerdan, se convierte en Zamora lo que la musique de Vinteuil fue para Proust. Contaba Anselmo Allué, que en los años veinte el director de la modesta banda municipal de la ciudad, el maestro Haedo, encontró la partitura y la armonizó para banda. Una partitura de músico de conservatorio europeo, recala en Zamora y es incorporada de tal modo por la población que se ha convertido en una suerte de himno de la Ciudad y absolutamente de la Semana Santa. Los intentos de regularizar su uso han fracasado y «el Thalberg» es el leit-motiv del paisaje sonoro de la ciudad. Un excelente artículo de David Marrero (2014) no solo lo documenta sino que, además, pone de relieve el significado que la música de banda sinfónica tiene en la Semana Santa (2).

Partitura de la marcha fúnebre de Thalberg, armonizada por Ricardo Dorado
Entre 1984 y 2015, la Semana Santa ha cambiado inevitablemente. La devoción folk existe y como sucede en otros actos del folklore religioso no va a desaparecer. La dimensión devota ofrece una arquitectura dramática que busca producir emoción. Me la produce a mí mismo que soy agnóstico pero me enamora dejarme llevar por el juego aquí, o antaño en el Rocío. Compartir emociones con la Semana Santa o con otros acontecimientos religiosos o civiles es la consecuencia de su teatralidad. Esta es la que permite que, espectador o participante se dejen llevar por una situación en la que los distintos sentidos, la vista, el olor a incienso o a las candelas, las luces y los silencios y las músicas te envuelven y te llevan.
Pero en Zamora observamos cambios significativos. Inicialmente la presencia de hombres era hegemónica, con la excepción de las procesiones de la Soledad y la Esperanza aunque estas siempre bajo el patrocinio de una cofradía masculina. Cambios no tan sutiles ponen de relieve un nuevo papel ya no tan subordinado de las mujeres. Sucede lo mismo en Tarragona y lo he visto también en Andalucía. Creo que en Zamora se refleja en la participación y el rigor en la organización de las procesiones y en el caso que me ocupa el gesto final que cierra Zamoranos y que pone de relieve cambios que las zamoranas ellas mismas reconocen.
La memoria visual de la Semana Santa zamorana
Las fuentes audiovisuales sobre cualquier Semana Santa española son infinitas. Youtube va repleto de documentos visuales y sonoros. Tiene su lógica. Las televisiones y las radios locales transmiten los eventos, los graban y los cuelgan. Basados en equipos fijos predominan en ellos planos tomados mediante gran angular, picados, puesto que al tratarse de retransmisiones en directo los locutores deben poder tener una visión completa y las cámaras se ubican en las alturas o en andamios. En estas grabaciones las imágenes se centran en los cofrades y los tronos y usan al público como planos de recurso. Reflejan, naturalmente, escenas que solo pueden contemplarse en directo mediante un proceso de acreditación, como es el caso, en Zamora del inicio de la procesión de la Mañana en el interior de la Iglesia de San Juan. Por eso he utilizado imágenes del «baile» del Cinco de Copas presentes en dos documentos de Youtube y de otros eventos para construir una narrativa más fluida y menos hermética para los que no son zamoranos. Dos cámaras rodando lo mismo desde puntos distintos me ha sido útil para incluir una parte crucial de la Semana Santa.
El segundo tipo de documento, producido en general por cofrades o cofradías, debe inscribirse en la necesidad actual de documentar cualquier evento por mínimo que sea. Hay miles de videos relativamente cortos de eeste tipo basados en un plano general fijo, la mayoría sin edición o con una edición mínima, centrados en los tronos y sus imágenes o en los paisajes sonoros adyacentes. En muchos casos se trata de «un recuerdo» que se comparte.
En otro nivel cabe situar las retransmisiones que TVE hace de las procesiones de Semana Santa desde su fundación en 1957. La que hizo hace pocos años de la Vera Cruz de Zamora – que por su horario de fin de tarde casa bien con las parrillas fue lamentable. Planos generales, un audio sacado del nacional-catolicismo más rancio, hegemónicamente centrada en las imágenes y un total ausencia de primeros planos y de la gente.
En su conjunto la iconografía visual de la Semana Santa desde los tiempos del NO-DO hasta ahora se basa en una combinación de mirada «artística» aunque el valor de muchas imágenes tenga poco de ella, estética desde el punto de vista de la teatralidad de la procesión y «folkórico religiosa» a partir del principio no discutido que una procesión es un acto penitencial y que quienes participan en ella son devotos penitentes sin excepción. Una interpretación absolutamente falsa que es la que trato de reconsiderar, al construir Zamoranos con una estructuralinear, operística, organizada en base a interedios, nudos y desenlaces sin dejar casi respiro, como corresponde a los hechos. Una estructura basada, precisamente en contrastes sonoros y en la omnipresencia de una escenografía visual que ponga de relieve la falta de límites entre la procesión y los ciudadanos.
La memoria visual de Anselmo Allué (1964)
En 1960 o 1964 , probableme Anselmo Allué fotografíó con su Kodak Retina los pasos procesionales de La Congregación desde el balcón del entresuelo de la librería papeleria Horna. Los dos rodetes nunca se revelaron. Los encontró hace un par de años Manoloa Allué. Contenían algunas fotos familiares, la visita de Franco a Tarragona desde el balcón de su casa y medio centenar de fotos de La Congregación y una decena de la procesión del Santa Entierro. Se trata de un documento inédito y con el que he querido poner de relieve las continuidades y las discontinuidades de la Semana Santa.
El rodaje
En El hombre con la cámara Vertov proponía una suerte de «etnografía visual automática», mientras que Ruttman en Berlín, sinfonía de una gran ciudad hacía exactamente lo contrario. Ambos pioneros de la etnografía visual no necesariamente opuestos. Comparten, el enorme valor expresivo del montaje y la ausencia de voz. En ambos casos lo visual es determinante y añadiría que también su voluntad inicial – que no la final – de representar la vie telle qu’elle est aunque me permito corregir que no es como es sino como la veo a través del visor. Es este punto el que me fascina más. Escoger imágenes que veo y preservarlas sin guión previo más allá del conocimiento global que supone la estructura de una procesión y con ellas construir una narrativa cuyo único artificio es el modo como se concatenan una vez trato de juntarlas. Esto me plantea una duda permanente. Hasta que punto esto no conduce a cierto hermetismo muy personal que no necesariamente puede ser comprendido por terceros. Ese es un riesgo que no me importa asumir.
Mis criterios de rodaje son por ello muy lábiles, suelo evitar los grandes angulares, para eso están la televisión y las retransmisiones en directo con cámaras de alta calidad, para privilegiar planos cortos, medios y americanos puesto que lo que me interesa es la relación de los individuos y el ritual, sea mediante la participación como cofrades, sea como espectadores privilegiados como sucede en Zamora.
El poder disponer en 2015 de un equipo semiprofesional con audio externo y con muchísima mayor sensibilidad para las tomas nocturnas me llevó a rodar de nuevo sobre todo las tomas nocturnas que hiciera en 2011. Sin embargo, al no coincidir los espacios – una procesión circula durante algunos kilómetros -, me ha hecho respetar una parte limitada, pero significativa del rodaje de 2011..
La Semana Santa de Zamora forma parte de mi geografía sentimental. La he vivido tres veces (1984, 2011 y 2015) y jamás puedo contemplarla, como me sucede también en el Rocío, sin combinar mi perspectiva profesional como antropólogo junto a una vivencia fuertemente emocional. Es lo malo de este oficio. No puedes aparcarlo nunca porque lo que ves es una interrogación permanente. Las claves sentimentales de la misma las describí suscintamente en un post anterior así como las circunstancias del primer rodaje que se limitó a los días centrales – como en 2015- de la semana santa zamorana. El segundo rodaje en 2015 lo planifiqué mucho más a fondo a partir de la experiencia de mirada asilvestrada del primero. Sin embargo en ambos documentos he partido del criterio de una organización cronólogica, como una suite o como una ópera para poner de relieve la dimensión civil y cívica del ciclo procesional y el uso que hace del espacio público.
Por eso, no renuncié al viejo Zamoranos editado en 2014. En esta nueva versión el viejo material supone aproximadamente algo más de un tercio del metraje. A pesar de sus deficiencias técnicas, especialmente en las tomas nocturnas, los flujos de imágenes me siguen convenciendo hoy. Tanto en 2011 como en 2015 he sido fiel a un principio. Zamoranos habla de ciudadanos a partir de la Semana Santa. Habla de identidades, de sentimientos identarios de devociones religiosas, de devociones folk, del poder y de sus herramientas comunicativas. Me gusta rodar con la cámara a la altura del pecho, me gusta rodar gentes anónimas, detalles significativos de las transversalidad del fenómeno: de género, de clases, de edades, gestos nimios como el papà que levanta la vesta del niño al principio de la procesión de Nuestra Señora, gestos insólitos que ponen de relieve contrastes y complejidades. Evito mientras puedo los grandes angulares, prefiero la cámara al hombro en la multitud. Habitualmente mis planos suelen tener un mínimo de 5” pero nunca más de 18 o 20. Antes sin sonido externo a veces había de alargarlos. Ahora no, grabo el paisaje sonoro independiente. Trato de respetar algunos de los principios de Dogma95 sobre la manipulación de las imágenes. Me he limitado a recortar tres o cuatro planos del millar que compone el documento y he incluido media docena de tomas de videos en Youtube de las cuales la más importante era la del baile del Cinco de Copas. Me alejo de Dogma95 cuando quiero que mi etnografía visual sea una autoetnografía visual. Es de lo que se trata.
Referencias (1) Una información general sobre la Semana Santa Zamorana que abre paso a las páginas web de las distintas cofradías está en la web de la Junta Pro Semana Santa de Zamora
(2) El paisaje musical de la Semana Santa Zamorana ha sido objeto de un muy documentado estudio sobre su evolución a lo largo del último siglo y medio por David Marrero (1974) Marchas fúnebres y bandas de música en Zamora. La Marcha de Thalberg. Ver también la mas reciente De Antonio Cañas Tiedra (2017) Marcha Fúnebre de Thalberg | Composición sobre la evolución de la Marcha Funebre de Thalberg.