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Tronos

29.03.2021

Todos los rituales son el fruto de un proceso complejo, no siempre evidente, de ensayo, error  y preparación. Un ritual, especialmente los que movilizan grupos humanos más o menos grandes, adoptan características de teatralidad, precisan entrenamiento. No cabe duda que la «teatralidad», entendida como la capacidad catártica de muchos rituales, exige formas de comunión o comunicación colectivas que no pueden improvisarse. Incluso en el «teatro a la italiana», la arquitectura y la ritualización de los espectadores no es fruto de la improvisación. La propia idea de la «función de gala» tiene mucho que ver con esto y descripciones como la que hiciera Proust de l’Opéra Garnier, con sus nereidas y tritones en los palcos, ponía de relieve, magistralmente, el caracter de «hecho social total» que caracterizara la representación de la ópera durante la hegemonía de la burguesía. Pero incluso el verismo , mas recientemente, la «mise en scène» de Calixto Bieito de la Carmen de Bizet responden a la democratización del espectáculo, solo puesto en cuestión por los puristas de un tiempo que se fue.

No cabe duda que la evolución de los rituales penitenciales ha seguido un camino parecido aunque la rigidez de la liturgia la ha mitigado hasta cierto punto. Allá donde esa rigidez ha sido cuestionada por los saberes populares, la teatralidad local ha desafiado, siempre para mejorar, a la jerarquía, puesto que, como apuntaba en otra estampa «semanasantera», los rasgos de identidad local y los significados cambiantes de los rituales han ido transformándolos. Lo podemos documentar en el Rocío, o en suites procesionales tan complejas y sofisticadas como la Semana Santa zamorana. En ésta, en 2015, la llegada de la Cofradía de la Esperanza a la sede catedralicia fue jaleada por la banda de tambores y trompetas interpretando la muy pagana «Marcha triunfal» de la Aida verdiana.

Nada de ello es improvisado. Durante el Adviento, en muchos pueblos y ciudades de la Península, también en Tarragona, los fines de semana retruenan en las calles el eco de los tambores. Las bandas procesionales, casi todas compuestas por jóvenes aficionados, ensayan los ritmos que acompañaran a los tronos. Pero no solo eso.

He pasado y dejado de largo Baeza, en la Andalucia oriental, en los límites con Castilla, durante medio siglo. Las viejas guías Michelin de los años setenta le daban dos estrellas a la ciudad. Es uno de los conjuntos gótico-renacentistas más espectaculares de la Península. Pero por razones diversas jamás recorrí los cuatro kilómetros y medio que hay entre la carretera de Albacete a Bailén que fue, durante décadas, mi ruta hacia Andalucía. Puestos a hacer comparaciones bestias tampoco el galeón de Acapulco recaló jamás en Hawaii, a un centenar de millas al Norte de su rumbo. Hay errores que no tienen justificación ninguna.

Llegamos a Baeza para pasar un par de noches y en el entremedio quizás ir a la Sierra. Sábado por la mañana, faltan aun siete días para Domingo de Ramos. Niebla, olor a alpechines, un cielo turbio y gris. Mala cosa para andar por el campo. La Catedral de Baeza está a escasos metros del hotel. Entramos. Una fábrica inmensa, renacentista en la que la suerte suele depararnos ocasionalmente los motetes de un organista anónimo, alguna cantante que ensaya o los ecos de nuestros pasos. Cruzamos la puerta y un par de tronos desnudos tapan la nave lateral. En el coro objetos almacenados que suponemos corresponden a las mesas de los tronos. Hombres y mujeres se afanan. Hemos dejado la cámara de video en el hotel, pero los iPhones y las cámaras de fotos permiten rodar. Luego, iré a toda prisa por la cámara porque la memoria de las otras dos es limitada.

Pasamos tres horas en la catedral alrededor de los cofrades que montan los tronos y suben las imágenes. Niños, mujeres, hombres con ropa de diario entre el polvo que hay que remover. Vamos a encontrar a otros, jóvenes sobre todo, en las calles de Baeza y ya por la tarde en Úbeda, entrenando el ritmo de los tronos envueltos en plásticos, unas veces a los sones de alguien, otras a los de alguna banda que ensaya músicas y ritmos de costaleros. No son costaleros profesionales. Los tronos con ruedas han ido quedando reservados a imágenes cuyo peso o fragilidad lo justifica. Por eso el Cristo de la Injurías zamorano rueda por las calles. Los otros tronos deben bambolearse o «bailarse». Son precisamente aquellos que concitan la devoción y la fe, por u lado, y los rasgos más identitarios por el otro. Qué sería el Roció sin los almonteños, qué seria al Semana Santa zamorana sin el Cinco de Copas bailando en la iglesia en el arranque de la procesión de la mañana. Sus imágenes y sus voces. Un mundo relativamente privado de las cofradías y de la Semana Santa. Pero con pequeños actos, minimalistas, enter bastidores reservados a unos pocos como el montaje y el desmontaje del Cristo de las Injurias de su capilla para ponerlo erecto en el trono.

Son los bastidores de la representación donde se pone de relieve el trabajo sordo, indispensable para el éxito de la Semana Santa, no tanto de cara a los turistas, que los hay, como de cara a todos cuantos, aprovenchando las vacaciones de Semana Santa reconstruyen fragmentos de su identidad múltiple.