Eduardo Menendez y Tarragona (URV)

Difícil envite. Debo hablar de Eduardo Menéndez para acompañar el video institucional de la Universidad con ocasión de la concesión del Doctorado Honoris Causa. Llevo un cuarto de siglo haciéndolo. Hablar de Eduardo en una clase, a los alumnos, es una experiencia. Son muchos años fascinado por su pose como docente, por su brillantez, por su agudeza, por su ironía. Contarlo es empobrecerlo y maldecir la posibilidad de no poder representarlo ante los alumnos. Por eso a los estudiantes que admiran de sus escritos, les recomiendo que le vean actuar en clase. La respuesta final es unánime. Impresionante. Algunos repiten de año en año. Hace veinticinco años en Tarragona era un torrente desbordado, con los años ha ido añadiendo un punto de la serenidad y grandeza. Pero le conocí muy joven, y su genio se mantiene hoy como el primer día. Supe de él por Dolores Juliano. Nos mandó el texto de un amigo y colega suyo, argentino, exiliado en México por el “proceso militar”, el eufemismo con que se camufló una espantosa dictadura. Dolores nos contaba horrores que nos retrotraían a lo que nos contaban del “movimiento nacional”. Nos dio un artículo, por si nos parecía bien publicarlo. Era una obra maestra. Eduardo L. Menéndez. ¿Quién será? Ni siquiera Dolores nos aclaró mucho. El texto se publicó en Arxiu d’Etnografia de Catalunya. Pese a su modesta difusión Arxiu permitió a una generación de colegas saber quién era Eduardo. Para nosotros, los antropólogos del país, fue un hito, una referencia que marcó un antes y un después. Luego llegó una edición de Poder, Estratificación y salud. El ejemplar era de Jesús de Miguel, que no sé como lo consiguió, pero me lo prestó Xavier Granero, que supongo que se lo sustrajo amablemente a Jesús, y yo no se lo devolví no menos amablemente a Xavier… Una joya en mi biblioteca. Cuando este rincón de la Europa opulenta, no formaba aun parte de la Europa opulenta, cuando empecé a saber de Eduardo, la comunicación científica internacional no había dado el salto que daría en la década siguiente. Eran tiempos de su Adler o de mi Olympia eléctrica, de cortar y pegar tiras de papel, y usar frascos de Tippex. Las bibliotecas de mi rincón eran penosas y para los de mi generación el itinerario personal y el autodidactismo eran algo cotidiano. Me fascina ahora la extraordinaria formación de mis jóvenes colegas en una tesitura en la que ya sabes que sabes poco. Por eso Eduardo fue en su momento – y después – el maestro que nunca tuve, o mejor uno de los poquísimos maestros que están en mi geografía sentimental. Porque no es sólo aprender, todos aprendemos de todos, sino aprender de otro modo. El maestro se sitúa en un espacio y tiempo históricos en los que uno vive la satisfacción de saber que de esa orientación va a reforzarse una identidad personal, pero que en Cataluña fue también colectiva. Creo que sin Eduardo hubiésemos sido distintos. Supo alentar y supo orientarnos a unos cuantos semi-desorientados, supo explicarnos que el proyecto que intuíamos era factible, que podía ir adelante y nos dio los instrumentos intelectuales y conceptuales para hacerlo. Nos tocó a nosotros adaptarlos a la realidad nuestra. Un argentino y unos cuantos catalanes. Creo que entre Buenos Aires y Barcelona hay demasiados de comúns, y no únicamente la pasión de Eduardo por River o la nuestra por el Barça. No creo que se me enfaden los queridos colegas del DF, pero Buenos Aires no es Ciudad de México, y quizás Buenos Aires y Barcelona puedan ser intercambiables y no dudo que quizás lo hayan hecho, sin que los porteños y los barceloneses nos hayamos dado cuenta. “Corrientes, tres cuatro uno Segundo piso ascensor” Con Eduardo ha habido por eso complicidades de esas que no se dicen, pero se sienten, por eso está en nuestra geografía sentimental, que no es física, ni simbólica sino de dialécticas irracionales y emocionales. Llegó Eduardo a Tarraco. Al principio éramos pocos. Veinte años después no somos tan pocos. Tarragona es un proyecto suyo. Lo ha defendido, lo ha apoyado, ha sido clave en el tablero con que hemos jugado la partida internacional. Hace diez años le escribí diciéndole tras un evento que había salido con la sensación de “tenim un equip” , de que teníamos un equipo. Pero era aún un equipo muy joven, no muy experto pero que ya jugaba con un estilo propio en el que eran reconocibles su impronta y su estilo. Incluso algunos colegas jóvenes que se incorporaban hablaban de la “escuela Menéndez”. Lo era. Los escolares jugábamos un partido tras otro, a veces bien, a veces no tan bien, pero el estilo de juego influyó en las nuevas incorporaciones, tanto si adherían al patrón de juego, como si, con matices de disidencia lo enriquecían con florituras, le iban modelando sin renunciar a sus raíces. Ese estilo propio, con su background menendeciano, es lo que el buen amigo Oscar Guasch, otro discípulo de Eduardo, llama escuela de Etnografía de Tarragona. A mi me parece que exagera un poco, pero sí que hay un estilo de la casa, en la que Eduardo ha pesado y no solo en la antropología de la medicina. Claro es que entre los antropólogos médicos lo de Eduardo es muy explicito, sabemos que nuestra identidad no sería la misma sin él. Ni nuestra geografía sentimental tampoco. Quizás porque somos conscientes de ser el último eslabón, de una herencia intelectual fascinante. Eduardo se formó en Argentina, y sus raíces vienen de muchos exilios, también del suyo. Un exilio cruzó el Atlántico desde la Italia periférica de la posguerra europea embarcado en los buques que desde Génova y de puerto en puerto –también en Barcelona-, llegaban a Santos, Montevideo y Buenos Aires. Ese poso intelectual se reelaboró en Argentina y más tarde en México. En ambos exilios el poso tomó un bouquet porteño y villapalermitano y luego chilango si bien con los colores de Coyoacán y Tlalpan. Las aeronaves lo llevaron a la vieja ciudad romana que renacía de sus cenizas, y de la mano de Eduardo descubrimos a nuestros amigos italianos y estos, reconocían en nosotros el cierre de un largo círculo que de exilio en exilio miraba de nuevo a Italia. Supimos que italianos, catalanes, españoles, mexicanos y argentinos habíamos ido desarrollando un estilo propio en nuestros equipos, y que podía ir mostrando, con cierto orgullo, pero con la socarronería que nos es dada a los que las hemos pasado moradas, que lo que estábamos era también una alternativa a los posicionamientos intelectuales del Imperio. No se trataba de desafiarle, porque el Imperio es mucho imperio, sí de contemplar con ironía nuestro derecho a la resistencia, nuestro derecho a luchar contra algunos fundamentalismos y la consciencia que había un estilo latino de pensar las cosas que no era sólo el producto de una serie de accidentes de recorrido sino de una larga cultura escéptica y de civilidad.