Skip to main content

La Plaga (IX). El bien común y la ayuda mutua

22.05.2020

Publicado en Facebook en versión catalana como El Davantal del Commie 01. Del be comú i l’ajut mutu, el 22 de abril de 2020. Adaptación del texto.

Una de las consecuencias de la gran peste de 1348 fue la municipalización de las instituciones de asistencia. En la Corona de Aragon y en el Norte de Italia, desde el s XIV las ciudades contrataban médicos para que ejerciesen en ellas y muy pronto algunos hospitales también establecieron contratos con ellos para atender a las personas bajo su custodia. Se trataba de profesionales académicos y por eso debe considerarse su presencia en ciudades y hospitales como una primera fase de lo que hoy denominamos «proceso de medicalización». La nueva posición de los médicos en las ciudades permite comprender que un segundo rasgo de este proceso fuese la redacción de regimientos para combatir las epidemias como el de Jaume de Agramont, un médico de Lleida que ya proponía en 1348 el confinamiento de la población en caso de plaga junto a otras medidas.

El Regiment de preservació de la pestilencia de Jacme d’Gramont (1348)

o el posterior de Lluis Alcanyís ya en la segunda mitad del siglo XV.

Edición original 1490

Incorporar los servicios de los médicos no debe extrañar puesto que la escolástica medieval distinguió claramente entre la teología y filosofía natural. El médico, definido por los escolásticos como artifex factibus sanitatis tenía la capacidad técnica para gestionar lo sanitario. Por eso el fundamento teórico de su práctica le convirtió en el de ideólogo de todas aquellas pràcticas que los médicos consideravan había de asumir la población y hacerlas suyas.

En 1385, el franciscano, Francesc Eiximenis escribió un Regiment de la cosa pública destinado a los jurats del Ayuntamiento de Valencia. Es un tratado en lengua vernácula de filosofía política en el que el autor propone las bases de una práctica política basada en el racionalismo aristotélico y centrada en el concepto de bien común, un pensamiento largamente presente en la obra de los miembros de las órdenes mendicantes. Es importante señalar que en esta obra como en otras se contempla la pràctic política y social a partir de una experiencia atinada sobre las conductas sociales.

Francesc Eiximenis [1385] 1927 El Regiment de la cosa pública. Barcelona: Barcino

El papel que Eiximenis atribuye a la pràctica política en la res publica, se basa en el carácter ilustrado de los gobernantes – que correspondían en su tiempo a las burguesías locales -, y en su papel para asegurar, en la práctica y mediante acciones prácticas el bé comú. El be comú se concibe como una objetivo civil aunque se inscriba, por el religioso, en un marco cristiano. Eiximenis, como todos los medievales considera la pobreza una hecho natural, observable y que es el que permite que las personas adineradas ejerzan la caridad o la filantropía con sus conciudadanos.

Francesc Eiximenis

Al asumir los municipios la responsabilidad sobre los hospitales locales, mediante la concentración de patrimonios de los más pequeños con el objeto de aprovecharse de las economías de escala, puede documentarse un consenso social sobre la necesidad de esas instituciones y, sobre todo, las prácticas necesarias para sostenerlas . En distintas investigaciones se observa que la responsabilidad municipal se entiende, por parte de los fundadores de los hospitales como una garantía de continuidad, en la medida que consideran que la corporación municipal nunca dejara de existir. La incorporación en sus patronatos de la Iglesia tiene que ver con el valor que se atribuye a los eclesiásticos como movilizadores de los capitales que las clases adineradas puede otorgar en us testamentos para asegurar la continuidad de las instituciones, un fenómeno que ha permitido su subsistencia hasta nuestros días.

Piotr Kropotkin

La idea del bien común, fue reformulada, a principios del siglo XX, por Kropotkin en su conocido libro sobre la ayuda mutua. Entre el bien común y la ayuda mutua hay una genealogía que, en el caso de Kropotkin elimina el discurso de la caridad cristiana y los inscribe en la nueva sociedad civil. Pero se trata de dos conceptos encadenados en la medida que respondían el primero a las consecuencias de una pandemia, y el segundo a los efectos colaterales de otra, la expansión sin límites ni controles de la economía capitalista y sus tremendos efectos colaterales sobre amplísimas capas sociales.

Edició origianl 1905

La ayuda mutua, concebida muy horizontalmente, como corresponde al pensamiento ácrata, ha permanecido hasta ahora vigente en ámbitos muy específicos como colectivos de afectados por determinadas enfermedades o situaciones sociales. El concepto de ayuda mutua o socorro mutuo está en la base del desarrollo de los dispositivos de aseguramiento colectivo que han conducido, en el s.XX, al Estado del Bienestar. Una vez instaurado este, el concepto que ha ido adquiriendo visibilidad es el de «solidaridad» que sustituye a las viejas nociones de caridad, filantropía o beneficencia para describir un modelo de dádiva de arriba abajo.

La pandemia de covid19 no puede inscribirse en las mismas coordenadas de cualquiera de las anteriores, ni de la peste negra medieval ni de la gripe española de 1918. La primera removió conciencias y abrió un debate intelectual y político sobre la oferta y la práctica asistenciales, la segunda dio lugar al desarrollo de los organismos sanitarios internacionales. En la gripe española los seguros sociales no eran aun algo ampliamente difundido y el dispositivo asistencial estaba simplemente iniciando una reforma que se iría implantando durante las décadas siguientes.

La pandemia de 2020, ha puesto de relieve que el dispositivo técnico asistencial fruto de mas o menos un siglo de desarrollo no ha sido capaz de detener su progresión sólo con recursos técnicos. Ha dependido de medidas sociales y culturales no muy alejadas de algunas de las propuestas que el propio Jacme d’Agramont había sugerido en 1348. Pero en ese momento el estado como tal no existía, solo esta el municipio – la polis-, ahora existen ambos y no solo eso sino que las estructuras administrativas de los estados son diversas como he puesto de relieve en post anteriores.

Supone cierta ironía el hecho que la ilimitada conciencia sobre los avances de la técnica, ciencia y tecnología haya dejado en manos de la sociedad civil y de su urbanidad – un término para describir cultura- la detención de la pandemia. Angela Merkel lo entendió muy bien en su famoso discurso de primeros de Marzo. Es nuestra conciencia social – es nuestra cultura-, la única que puede detener esa crisis. La Kanzlerin, que procede de una carrera científica y sabe observar, no tengo ninguna duda, entendió muy bien que la conciencia social relativa al bien común es siempre local, es siempre cara a cara, es cualitativa. Se construye a partir de miles de experiencias cotidianas, de prácticas compartidas y enseñadas, de co-producidas entre cada uno de nosotros y nuestras redes sociales en un contexto donde debemos , diariamente, gestionar la infinita diversidad de las sociedades humanas, la infinita y dinámica transformación cultural que se produce, con sus matices, en cualquier rincón del planeta.

El Estado del bienestar quiso ampliar y desarrollar, a escala del estado, lo que los gobiernos locales de las ciudades había ido desarrollado durante centurias para dar garantías de supervivencia sus ciudadanos. De ahí la enorme diversidad de modelos que tenemos pero con un rasgo común: rompió radicalmente con el modelo caritativo de la beneficencia, la limosna en términos coloquiales. El Estado creaun espacio de derechos civiles que se sobreponen a las obligaciones morales de reciprocidad y redistribución características del Antiguo régimen. Un espacio el cual, bajo una idea de ciudadanía común pretende uniformizar las respuestas culturales aunque ello tenga como consecuencia problemas con la equidad de las prestaciones en contextos de elevada diversidad social y cultural.

La pandemia ha puesto de relieve, no solo en España, una curiosa paradoja, la recuperación del contraste entre campo y ciudad, entre lo que antaño contraponía el concepto de «comunidad» y el de «sociedad». Lo primera era lo arcaico – parochial dicen los anglosajones-, la sociedad era la ciudad, la modernidad. La pandemia ha trastocado esos conceptos. En las comunidades locales la respuesta a la pandemia ha sido prudente, bastante reflexiva y con un proceso de toma de conciencia colectiva significativa. es cierto que mi observatorio es limitado – pero para eso soy antropólogo-. Las cifras no lo desmienten: la España vaciada que no ha recibido aludes de urbanitas los fines de semana ha mantenido tasas de contagio bajas, los procesos de desconfinamiento se están llevando a cabo de manera harto sensata y en los foros comunitarios el miedo inicial ha sido suplantado por la toma de conciencia, la necesidad de buscar respuestas razonables y, en muchos casos, la emergencia de un sorprendente posicionamiento crítico en el mejor sentido de la palabra.

Uno de los rasgos, a mi juicio mas sustantivo està siendo la recuperación de la idea de que la salud no es solo mi responsabilidad sobre mi cuerpo, sino que yo – ciudadano -soy un agente crucial para proteger a la colectividad del contagio. Es un punto importante en la medida que se ha dicho, y seguramente es cierto, que el estado del bienestar había desmovilizado a la población y que las políticas neoliberales aplicadas desde hace treinta años habían conducido a un hedonismo en la linea del andeme yo caliente y ríase la gente y en la cual la idea del Bien común había desaparecido y cumplíamos con nuestros deberes sociales alimentado la «solidaridad» caritativa de un modo solo aparentemente distinto del modo como en la España nacional-católica se hacían las cuestaciones del Domund para las misiones o las de la asociación contra el cáncer o la Cruz Roja. Es muy cierto que la solidaridad actual remite a la constatación de los límites del estado neoliberal, pero no es menos cierto que la concertación de lo público con las ONG del tercer sector es una forma de presionar a la ciudadanía para que con sus aportaciones voluntarias exima al Estado de sus obligaciones fiscales o sociales. Por eso la reclamación actual de una «renta básica», sea la única opción razonable para mantener el tejido social en la medida que al convertirse en derecho deja de ser limosna o caridad y exige al conjunto de la ciudadanía la conciencia del riesgo. En la Cataluña medieval y moderna el concepto de «pobre vergonzante», etiquetaba al miembro vulnerable de la comunidad, el de pobre de solemnidad o de Dios en cambio seria el vagabundo rodamon o homeless que anda por los caminos. En ese mundo ambos eran considerados personas vulnerables y por tanto asistibles. esta distinción no es aplicable hoy, unos y otros son seres humanos amparados por los Derechos Humanos y en ese sentido, su asistibilidad no puede ser graciable sino un compromiso político, pero también un compromiso social amparado por el hecho de compartir una cultura de la civilidad o de la urbanidad comunes