La Plaga (IV)
Desde la declaración de estado de alarma circula un mensaje por miembros del Gobierno, no por los técnicos, de carácter puramente político. Hablan de individuos y no de territorios. Yo no se quien construye este tipo de mensajes pero ponen de manifiesto una ignorancia – digamos culposa por no poner una etiqueta más contundente-, en relación a un tema que tiene una tradición científica enorme. Le pediria especialmente a la ex magistrada Robles que vaya con tiento y haga caso de lo que decía Wittgenstein, de lo que no se sabe no se puede (y en estos días no se debe) hablar. No voy a discutir de derecho sobre ella, pero estos días intento ser particularmente prudente. Voy a tratar de dar algunas pistas al respecto en un lenguaje menos académico del que suelo practicar sobre temas que conozco razonablemente bien desde hace décadas.
Creo que vale la pena dar primero algunos datos, añadir algunos ejemplos para que la ciudadanía sea consciente de ello.
La relación entre medio local e incidencia de enfermedades o epidemias fue ya observada de un modo sistemático por los hipocráticos en el s.IV ac. Para ellos, que eran mas relativistas de lo que muchos piensan, solo el «conocimiento local» adecuado a partir de la observación etnográfica y la escucha clínica, ambas sistemáticas permitía orientar el diagnóstico y establecer una terapéutica. Este criterio influyó en mayor o menor medida en los regimientos de la peste desde el s.XIV hasta Pasteur y explica las estrategias de confinamiento en epidemias y el desarrollo de teoría ad hoc como la miasmática.
A finales del XVIII se constituyó un campo disciplinar, la Geografía médica, vinculado a la Historia Natural para estudiar la diversidad geográfica en la distribución de las enfermedades. Un ejemplo señero de ella en España fue la Historia Natural del Principado de Asturias de Gaspar Casal de 1762. En Alemania, Finke en 1795 y Hirsch en 1860 escribieron sendos tratados enciclopédicos para describir la diversidad local y regional de la distribución de enfermedades y los autores franceses desarrollaron el concepto de «patología étnica» en un sentido parecido.

La Geografía médica del s.XXI es una disciplina hermana de la Antropología o la Sociología médicas y que ha incorporando, no solo la descripción, sino formas de interpretación de la causalidad o de la prevalencia e incidencia de las enfermedades basadas en el conocimiento biológico avanzado que recoge los avances en ecología y biología. Una bacteria o un virus son seres vivos que se articulan con ecosistemas y entornos locales específicos e intervienen de modos diversos según ellos. En estos días se habla , sin que haya aun prueba alguna der ellos, de que la pandemia podía verse afectada por el calor del verano. Hoy me cuentan que en la Isla de Pascua a miles de kilómetros de la costa chilena también ha llegado. La relación entre clima y enfermedad tiene, claro está hoy, evidencia científica, pero un «sujeto» – llamarle personaje me parece hacerle honor como Donald Trump afirmaba algo parecido. Los que nos dedicamos a estos temas sabemos que nuestro entono ecológico no es el de los espacios naturales protegidos – casi residuales hoy-, sino entornos muy modificados por razones económico políticas y por variables sociales y culturales más determinantes de lo que la gente piensa. El éxodo en los fines de semana a las residencias secundarias es una variable social, pero sobre todo cultural y el que haya coronavirus en la Isla de Pascua puede comprenderse por el peso que tiene el turismo. Tengo cierta curiosidad por si en la Isla Pitcairn ha sucedido lo mismo.

La Isla Pitcairn con el único núcleo poblado
Yo vivo en una comunidad en la costa mediterránea de unos 4000 habitantes pero con 60kms de calles y unos 2000 chalets. La densidad de población local es muy baja. Tengo algunos vecinos cerca pero podemos vivir sin vernos las caras durante semanas. Si se vive en una casa de ocho plantas con cuatro pisos por rellano y un único ascensor tenemos una situación distinta: un centenar largo de personas pueden vivir ahí, suponiendo una media de 3 personas por piso que suben y bajan por el ascensor y tocan botones y se agarran a pasamanos. No tienen alternativa. Obviamente las condiciones son distintas en un caso o en otro. De ahí los problemas que se han planteado con los cruceros turísticos cuarentenados. Solo en una ocasión he utilizado esos servicios hace unos trece años, y en todos los pasillos ya había dispensadores de desinfectantes para las manos.
Pero vayamos más cerca. En muchos poblados rurales de la mitad Norte de España, en la que proliferan o caseríos o pueblos con poca población y a menudo con pobladores de cierta edad como yo mismo, las condiciones se parecen a donde yo vivo, salvo que los fines de semana desembarquen los urbanitas que han preservado las viejas casas de sus mayores o, donde vivo, a los miles de residencias secundarias, chalets, adosadas o apartamentos. Nuestro relativo aislamiento nos hace pensar que estamos más protegidos, sin embargo, la radicalidad del confinamiento es evidente con acercarnos al portal. El principal problema es que sin confinamiento territorializado estamos en riesgo y voy a añadir algo más para explicarlo porque me parece que el mensaje de los responsables políticos está siendo irresponsable.

Hospital Comarcal de Igualada
a mayor experiencia de confinamiento radical ha sido esta vez la de la Conca dOdena, una subcomarca del Anoia en Catalunya, de unos 70000 habitantes y una dotación sanitaria correcta para la zona: un hospital comarcal de nivel I que disponía de una decena de boxes de UCI, ampliables con los box de urgencias y de las reanimaciones quirúrgicas. Las condiciones de trabajo en ese hospital que fue el «paciente zero» de la crisis en la zona, durante los últimos 24 días han sido tremendas. A estas alturas vamos recibiendo información fidedigna sobre la práctica diaria en esos servicios y en los que han tenido que improvisarse. Información que no es la edulcorada de los medios de comunicación, sino la que puede obtenerse mediante un trabajo de campo riguroso que defienda el anonimato de los informantes. Para gestionar 25 boxes de UCI con ventilación artificial la carga de trabajo para los turnos de personal es enorme: no solo en los directamente asistidos sino por el peso que tienen los hospitalizados menos graves en las salas de infecciosos. He hecho trabajo de campo en servicios de quemados en Barcelona y en Madrid que comparten UCI con hospitalización en condiciones de higiene muy estrictas y sé de lo que estoy hablando cuando las UCI están a tope. El trabajo más duro lo aseguran los turnos de enfermería y las auxiliares pero también los equipos de limpiadoras que han extremar los protocolos de limpieza y los celadores que son indispensables para ayudar a las movilizaciones. El trabajo de los intensivistas, a su vez debe controlar la evolución de los cursos y a la vez intervenir sobre los mismos pacientes. Las condiciones de protección actuales hacen de ese trabajo extremadamente penoso. Añadiré que tengo experiencia de campo en UCI de quemados donde los pacientes pueden hacer estancias mucho más largas que la media de los enfermos por Covid19. Las UCI son un espacio de confinamiento muy duro salvo si el paciente està en coma farmacológico. En los demás casos se pierde la noción del tiempo y la comunicación es muy precaria. Si los pacientes tienen ventilación por traqueostomía es aun peor.

A estas alturas ha quedado clara la necesidad de un confinamiento radical a pesar de las reticencias iniciales. Pero el problema de la territorialidad se vuelve a plantear al ir descendiendo la curva de la hegemonía del hospitalo centrismo propia del último mes. Sin embargo ese hospitalo centrismo ha estado asimismo vinculado a variables territoriales. En efecto, ha sido muy distinto el problema en las áreas metropolitanas de Barcelona en Madrid que el problema en Conca d’Odena o en otras comarcas del Estado. El confinamiento ha permitido que amplias zonas del territorio tengan tasas bajas de contagios a costa de un despliegue enorme de patrullas móviles de mossos, policías locales o estatales y guardias civiles. Solo el confinamiento de Igualada supuso 120 agentes en turnos. El problema ahora, si se me permite, es que vamos a un confinamiento inverso. Se trata ahora de proteger las zonas con baja densidad de contagios de las zonas com un elevado nivel del mismo. En el área básica de salud en la que vivo, una subcomarca con menos de 30000 habitantes hay registrados medio centenar de casos via PCR’s. Si se calcula que el 80% de casos son asintomàticos eso significaría que en esta zona puede haber algunos centenares de contagiados, esto es una muy baja tasa de inmunidad colectiva.

El modelo urbanístico de la Costa Daurada en Tarragona
Las razones de ese bajo nivel de contagio responden a variables sociales y culturales. Se trata de una zona con, en la costa muchas urbanizaciones con baja densidad de población, con negocio turístico estacional que no se anima hasta semana santa, con grandes polígonos industriales entre ellos la petroquímica que de por si tiene una política de seguridad muy alta y con polígonos aislados en los que el transporte público es una opción residual. Finalmente la Costa Dorada es una especie de Florida para miles de jubilados que residen habitualmente. A partir de estas hipótesis cada uno de los municipios es un mundo, con su problemática y con su casuística específicas. En el momento presente, en vías de retroceso la hegemonía del hospitalocentrismo, se va abriendo un debate sobre el papel que va a tener la atención primaria y los servicios sociales a partir de ahora. De nuevo no sirven las invocaciones a los individuos. Adquieren un gran relieve las comunidades y su nivel de vertebración social. Se trata de una casuística que no va plantear la necesidad de inventar ventiladores, sino la de reconstruir relaciones sociales y humanas en zonas donde los lazos sociales y la sociedad civil no estaban bien estructuradas.