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Saberes y enfermedades

25.10.2009

Silva Pereira, Luis & Chira Pussetti (orgs.)
Os saberes da cura. Antropologia da doença e pràcticas terapèuticas.
2009. Lisboa: ISPA.

Cuando el obispo Basilio fundó en Nicea el primer hospital hacia el 320 DC, su intención era acoger a los desvalidos de la numerosa colonia de hombres inmigrantes, que venían de zonas rurales y carecían de familia y de soporte social en la ciudad. Velaba Basilio por su ciudad – civitas, polis – , y la institución que creó, el hospital – hospitalidad – era un dispositivo que situaba en el centro mismo de un modelo de justicia redistributiva que buscaba asegurar la paz social. Veinte siglos más tarde los flujos migratorios en nuestras sociedades exigen respuestas de nuestras actuales civitas esto es de la sociedad civil y de sus instituciones representativas, puesto que esos flujos, aun en un contexto de opulencia, siguen planteando los mismos problemas de acogida y hospitalidad que ayer y dan lugar a debates sobre cómo acoger, cómo atender, cómo reformular la noción y la práctica de soporte social y atención en situaciones de crisis, cómo alcanzar justicia. Sin embargo, algo ha cambiado en la hospitalidad. Los modelos ya no son la ejercida por los grupos primarios, sino las formas y las funciones de la colectiva. Si en Nicea el obispo trataba de compensar el desinterés de los curiae – las autoridades civiles – por la justicia, en la Baja Edad Media y hasta hoy, municipalidades, fundaciones privadas y hoy el Estado se han constituido como las piezas claves en la provisión de servicios, de justicia como una de sus funciones más fundamentales en el campo de la vertebración de lo social. Los sistemas de seguro social han extendido universalmente a la ciudadanía dispositivos de atención sanitaria universales, los cuales por su propia naturaleza no debieran – aunque a veces los hacen- distinguir entre ciudadanos de primera o de segunda clase, porque la noción jurídica de ciudadanía, aun en su extrema diversidad, no acepta etiquetas. Hablo pues primero de sociedad y de justicia, solo ahora de médicos y de medicina. La hospitalidad, la asistencia son ámbitos globales de sociabilidad dentro de los cuales están la atención a las enfermedades y a la salud. Pero la medicina y los médicos solo son algunos de los mediadores y herramientas, que hacen posible ejercer la justicia pero no son los únicos ni resuelven todos los problemas. Ni siquiera, históricamente hablando, han sido tan indispensables como hoy. Por eso hablamos de proceso de medicalización para explicar, a partir de una narrativa histórica, su actual hegemonía en la provisión de servicios públicos desde un punto de partida bajomedieval mucho más modesto. Hegemonía construida a partir de un espectro de intervención que ha variado con el tiempo puesto que tanto las grandes epidemias como la morbimortalidad masiva por endemias de enfermedades infecto-porodcontagiosas o por hambre han dejado de ser su objetivo en Europa aunque sigan siendo indispensables en países menos desarrollados. Campañas que partían de la idea de una enfermedad de base biológica que atravesaba todas las capas sociales “le pauvre en sa cabane ou le chaume le Louvre, est sujet a sa loi/ et la garde qui veille aux barrières du Louvre n’en défend pas nos Rois” (Malherbe), y esa porosidad entre los límites sociales obligó a que los dispositivos higiénico-sanitarios incidiesen en los focos de miseria de la sociedad puesto que las epidemias saltaban los límites de la civitas rica. Riqueza construida – desde la Revolución industrial – , por las manos de millones de hombres y mujeres que emigraron: al principio desde los entornos rurales de los focos iniciales de emergencia del capitalismo industrial. Posteriormente desde un hinterland más amplio dentro de cada Estado nacional, pronto más allá de sus fronteras desde los territorios coloniales u otros países. Pero también buscando, allende los mares, subirse al carro del desarrollo de los Estados Unidos, el Canadá o América Latina, o Nueva Zelanda, Australia o Sudáfrica. Algunos a la fuerza como los esclavos africanos o los delincuentes europeos enviados a Botany Bay. Luego desde finales del s.XX el mundo ha quedado pequeño y las migraciones convierten cualquier lugarcillo del Alemtejo o del Minho en un crisol multicultural. Que esto tiene efectos sobre el sector salud, es algo de lo que no cabe duda y este libro producido desde el Portugal metropolitano y desde la ciudad que vio y vivió la complejidad migratoria desde el s.XV lo pone de manifiesto. Al principio a partir de un viaje fascinante entre la modernidad extrema, el uso de Internet como forma de depaysement cultural – , para construir el relato de la enfermedad por los profanos, frente a las acciones de la medicina colonial por implantar sus políticas en Ultramar, en los tiempos del Portugal no es un pais pequenho. Ambos textos hablan de comunicación social y de prácticas sociales, hablan de formas de aculturación, pero sobre todo hablan de prácticas para construir la enfermedad. El caso de la muestra una acción unidireccional bien clásica de lo que fue la acción sanitaria colonial bajo el paraguas de una “ciencia médica” benefactora de la civilización pero destinada a preservar ante todo la salud del proletariado que trabajaba en las minas; en cambio el otro capítulo muestra como las redes en Internet – para quien puede costearse el acceso a él – se convierten en una herramienta de producción global de conocimiento – muy horizontal y poco jerárquica – que destruye las fronteras administrativas y que apenas tiene fronteras lingüísticas. Si en el contexto colonial la acción médica quiere identificar, taxonomizar la enfermedad del sueño dentro de una operación sanitaria clásica destinada a salvaguardar intereses esencialmente económicos, en la nueva sociedad, la construcción cultural de la hepatitis da lugar a la construcción de formas de identidad ubicuas los hepatants en los que los francófonos que quedamos podemos reconocer la metonimia del epatant y que se traducen por la emergencia de un lenguaje de siglas, que comparten los hepatants que combina la terminología del registro clínico con su resignificación cultural. Pero el proceso de hibridación cultural a que dieron lugar las políticas sanitarias coloniales dentro del proceso de medicalización no dejan de ser un aspecto marginal en la posición que hoy ocupa la medicalización en la sociedad global. Si hasta hace un par de décadas este mantenía el programa trazado en la Baja Edad Media e institucionalizado desde el XVIII por las políticas sanitarias de los Estados o de la OMS, hoy hay un evidente cambio de paradigma, en la que la industria de la comunicación y de los bienes destinados al cuerpo sitúan al conjunto de la población mundial en un proceso complejo, multicultural, multifactorial de discursos sobre la salud, la enfermedad o el cuerpo que da lugar a procesos evidentes de hibridación. Pusseti entra de lleno en ello evocando los procesos de construcción de la enfermedad y el modo como transforman los cuerpos en espacios multiculturales. De Angola y de Internet a Guinea -Bissau, donde en el s.XXI aun resuenan los ecos de la colonia y esos se sitúan en una dialéctica local con las transformaciones sociales y culturales de la sociedad global a partir del proceso de somatización de las aflicciones cuyo objetivo es el marketing de objetos – algunos los medicamentos – , servicios o comunicación. Pero no solo en la antigua colonia africana. También en los frutos de la violencia política y económica en relación con las políticas de refugiados, un eje ¡que no está nunca al margen del sufrimiento y de la aflicción y que se proyecta sobre los sistemas de salud de las sociedades receptoras y en el modo como en estas se verbaliza y la verbalizan. Pero también enlazan las historias de los refugiados, muchos de ellos emigrantes clandestinos que viajan en cayucos como en tiempos de la trata, y que a diferencia de aquellos que no tuvieron quien les escribiese, paradójicamente el registro escrito y las entrevistas clínicas les dan un derecho de palabra y la posibilidad de que lo conozcamos. Refugiados o inmigrantes legales las experiencias migratorias son complejas y los contrastes culturales poderosos en sociedades no siempre muy acostumbradas a gestionar la diversidad, por eso Mourao discute los problemas de las rupturas biográficas, de las formas que adopta la percepción del sufrimiento y su expresión. El fenómeno migratorio incide fuertemente y trasforma profundamente algunas viejas concepciones antropológicas sobre la distinción entre biomedicina, o el proceso de medicalización occidental, como se prefiera y las llamadas prácticas populares. Por eso los cuatro últimos capítulos encara como, en el contexto migratorio se produce una profunda remodelación de los procesos de pluralismo asistencial que subvierten algunos esquemas iniciales, esencialmente dos a mi entender: por un lado subvierten la idea de que la folkmedicina en cierto modo precede a la biomedicina, una idea decimonónica, que hoy queda completamente desautorizada si se contempla como, en sociedades avanzadas la religión ocupa un espacio en la gestión y la percepción del sufrimiento o deviene una herramienta más del dispositivo, a menudo a remolque de la incapacidad del sistema biomédico – del propio estado del bienestar – , por resolver determinadas aflicciones fruto de contradicciones sociales y de construcciones culturales que ya no sitúan a la biomedicina como el último recurso, sino paradójicamente como el primero. Sí, primero nos automedicamos, segundo vamos a las instituciones biomédicas, pero luego, a pesar de su costo al margen empleamos los recursos al margen para ir más allá de las respuestas del sistema. Pero también combinamos magistralmente, en los márgenes de los márgenes lo de allá y lo de aquí y así construimos nuevas identidades o reinterpretamos los discursos biomédicos . Frente a la idea ingenua de la biomedicina de pretender simplificar, protocolizando, el conjunto de la patología, la antropología médica conduce a poner de relieve su complejidad, sus matices, sus márgenes. En el punto en que las tendencias teóricas de la ciencia buscan un edificio de evidencia simplista, la antropología pone de relieve la imposibilidad de alcanzarlo más allá de algunas recetas prácticas limitadas a una serie limitad de patologías. ¿Cómo puede medirse el sufrimiento?¿ Cómo puede medirse el dolor? Por qué unos sobreviven más que otros? ¿Por qué en la sociedad civil y laica algunos deben recurrir a la religión? ¿Por qué es necesaria la irracionalidad en la salud y no solo limitada al arte? ¿Por qué la aflicción y no la enfermedad? ¿Por qué aun en el s.XXI debemos luchar contra la enfermedad para reducir la aflicción? La respuesta a todo ello no es simplemente el despliegue de dispositivos de una manera mecánica, tiene que ver con la hospitalidad y la justicia, algo mucho más amplio, quizás más vago pero que remite directamente a la práctica política y a la ideología – liberté, égalité, fraternité – que debería inspirar el deseo de justicia en el mundo actual. Esto nos obliga a no reducir la patología a conceptos como vulnerabilidad o biología, nos obliga a convertirla en un caso que está inmerso en la complejidad y que debe ser comprendido, no sólo para tratarlo, que también, sino para que el conjunto de la ciudadanía, de la civitas, comprenda por que debe ser tratado como si de ella misma se tratase. Porque su principal riqueza, porque es nuestro patrimonio común, y es así como podremos desarrollar mejores prácticas y alcanzar mayor justicia. Son preguntas e interrogantes hechas al hilo de una pequeña gavilla de lecturas escritas frente al Océano que se pierde en el horizonte, desde el Cabo de las Tormentas a la Lisboa decadente que tanto me fascina, desde los campos de oro del Alemtejo o desde los acantilados de Sagres desde los que uno puede soñar, en el s.XXI, que contempla la Cruz del Sur desde la cubierta de un velero impulsado por los alisios en mar por el que han ido y van y vienen los ciudadanos de nuestro tiempo. (Extracto del epílogo en versión portuguesa del libro).