Ir al contenido principal

Una giornata particolare. El 21 de octubre de 2009

21 de octubre de 2009

Una Blanche Dubois ya tísica, una vez Marlon la abandonó entre la multitud del Barrio Francés de Nueva Orleans, casó con Mr. Stone, un viajante imposible de betes i fils que murió pronto. Ella decidió, en el otoño de su vida, viajar a Roma en busca de la primavera. No creo que lo consiguiera

Tardé casi tanto como Blanche en cruzar el Mediterráneo hasta Roma, quizás porque durante décadas esa ciudad tuvo para mi sensaciones contradictorias, la memoria del Imperio, mi odio a las clases de latín del Bachillerato, la foto (no la película) de Anita Exberg bañándose en la Fontana di Trevi, el neorrealismo italiano que la censura dejaba pasar, o la estampa amable – Hollywood ha sido siempre así – de Vacaciones en Roma. Quizás influyó también la ironía de Ernesto Baracchi (1892-1962), florentino, librepensador y funcionario del Novo estado fascista depurado en 1944. Hasta su muerte, que le llegó por infarto tras una cena de perdices escabechadas y Vega Sicilia seguida por un siempre bienvenido Montecristo, fue una suerte de mentor intelectual de mi padre y quizás responsable de la excelente biblioteca que encontré en mi casa, incluidos libros prohibidos encerrados bajo llave pero que no me costó mucho, en mis teen, inventar una ganzúa para acceder a ese finis Asiae doméstico. Ernesto murió en su sillón de orejeras sin que me hablase de una Roma siempre oculta tras su maravillosa Florencia. Su viuda, Antonia Baracchi (1898-1997), maestra, discípula directa de Maria Montessori de la Scuola Italiana de Barcelona, lucana y, por tanto, toscana por los cuatro costados, tampoco era muy romagnola. Falleció treinta años después, con casi el siglo, fue una tercera abuela muy cómplice conmigo, quizás porque me podía entender, algo que otros nunca intentarían, pues compartíamos unos viejos ideales que suponían que el ascenso social estaba vinculado a la educación y a la cultura.

Me costaba viajar a Roma como a todas mis ciudades de mis adicciones cinéfilas… Quizás porque a Proust también le decepcionó Venecia.