Honningsvag. Turistas en el puerto, perplejos
Honningsvåg no es precisamente Atenas. Desde su fundación como ciudad a mediados del XIX ha sido pueblo pesquero, que vivía de vender el pescado seco (stockfish) o el bacalao a los pobres del Sur, a España, a Portugal, a Italia, el principal recurso ecoómico de ese Note donde la pobreza era tan cosmica como en nuestro Sur. Aqui, en el Sur, el bacalao seco y el arenque en salazón (el guardiacivil en el lenguaje coloquial) fueron, me recordaba siempre mi abuela «la carne del pobre», la de la clase obrera. Pobres vendiendo a pobres, temblando durante las crisis del Sur: la Guerra española, la II Guerra Mundial. Los ricos no iban a Honninsgvåg. Los cruceros de lujo, antes, fondeaban al Norte de la isla, frente a Hornvik, y los cruceristas de lujo subian la escalerade piedra hasta el Cabo Norte.
El puerto de Honningsvåg desde 1893 ha sido escala del «expreso costero» (Hurtigruten). Durante un siglo eran barquitos pequeños, una suerte de ómnibus de la RENFE de antaño, con parada en todos los puertitos, llevando pasajeros, víveres y animales. Luego, a partir de la prosperidad en la Europa, Nordkapp se conviertió en una suerte de destino mítico para todos los capitanes Hatteras de agua dulce, como yo mismo, para motarras que circulan por carreteras desiertas allá donde se acaba la tierra y algunas creen contemplar la banquisa en el horizonte.
Pero eso es otra cosa, es el otro extremo de la isla, Magerøya, en este lado que mira al sur la ciudad, o el pueblo grande no tienen hoy otro aliciente especial que la llegada diaria, a primera hora de la mañana del Hurtigruten que viene de la frontera con Rusia, y a media mañana por la escala de cuatro horas del que viene de Bergen y Tromsö. Desembarcan turistas alemanes y franceses, de edad provecta que prefieren navegar en unos barcos que aun conservan algunos rasgos de los tiempos pasados. Pero también está la ciudad, o el pueblo, vaya ud. a saber, donde recalan los cruceros internacionales, espantosos artilugios marítimos, contenedores de miles de turistas.
Desde hace algunos años, los hijos y los nietos de los pobres que compraban el bacalao del Norte barato, se han hecho, o piensan que se han hecho ricos. Los antiguos pobres navegan en cruceros Renaissance style, esto es de decoración interior profundamente hortera, con ascensores dorados y escalinatas que se pierden en las nubes, donde ellas sueñan en ser cenicienta durante una semana y ello, plutócratas como los que antaño podían permitirse el lujo de bajar a tierra.
Gamvik y yo solemos ser fieles a esta ciudad, o pueblo. Tras unos días perdidos por las calas, los montes y las bahías secretas de la isla, entre pájaros, disfrutando del viento, del olor a bacalao, de la humedad del aire y del oleaje, evitando la teoría de autocaravanas que van al Cabo Norte a toda pastilla y vuelven a toda pastilla y media, las norias de autocares que descargan a la infantería de los cruceros, nos gusta «bajar» a ver «la animación del puerto», a fer el badoc. Compras en Coop, te acercas a Nordvågen, evaluas los cambios que han acaecido los últimos años. Esta vez la cámara ojo se fija en los que desembarcan, españoles, italianos, alemanes, franceses del los dos barcos del puerto y como erran por un no lugar, ante la sorpresa de la gaviota.
Hoy la isla no està ya como escala anual en nuestras navegaciones nórdicas. El turista consumidor invade el territorio cruzándolo a toda máquina para volver al Sur inmediatamente despues. No conoce mas que los mojones de la E68. Se pierde los magníficos rincones, Gjea sver, incluso Skarvag.