Ser almonteño
En distintos post he hecho referencia a mi trabajo de campo en la Aldea del Rocío, en el municipio de Almonte (Andalucía, España). Llevo trabajando en ello desde hace más de cuarenta años. Aunque llevo tres décadas sin acudir a la Romería, casi cada invierno hago escala en la Aldea que es buen ocasión para ver cambios y continuidades. Por eso, una década atrás le habían ofrecido a la Virgen un nuevo manto. Había que mirarlo, compararlo con los otros, valorarlo. Hice un pequeño experimento visual en los tiempos en que me estrenaba con el video digital.
Siempre paseamos por el borde de la Rocina, por las calles, encendemos una candela votiva, observamos a la gente, el paisaje, escuchamos el canto de los pájaros o el rumor del viento, recuperamos los olores de la marisma. En una ocasión reciente pudimos asistir a la cabalgata de los Reyes Magos en la Aldea. Un evento singular como solo es posible ver en el Rocío.
De tanto en tanto contratamos los servicios de paseos por Doñana. Nos gusta salir al alba y recorrer la marisma desierta, oir el canto de los pájaros, la vegetación de invierno, los olores. Evitamos el verano por el calor. Pero en setiembre de 2019, con ocasión de la boda de un niño que, pràcticamente vi nacer, me llevé una cámara porque nunca se sabe. La Virgen estaba en Almonte y carecía de imágenes de recurso del evento. Era un viernes por la tarde cuando nada hacía aun pensar cómo nos encontraríamos en mayo de 2020. Al salir, a media tarde, por el lateral que da a mar de la Iglesia Parroquial de Almonte, un grupo de chicos de primaria – un detalle no insignificante-, llevaban a pleno sol un trono que habían fabricado ellos mismos con materiales de fortuna, con una imagen de la Virgen que refleja su maravillosa ingenuidad e inventiva. Le pregunté a Javier Coronel que me acompañaba y con el que compartimos no pocas cosas y me comentó que venían haciéndolo de tiempo. Me emocionó la estampa.
He escrito desde hace cuatro décadas sobre el «ser almonteño», he rodado imágenes para ponerlo de relieve creo que llenas de «senti-miento». Ver a esos chiquillos y oír como me contaban qué estaban haciendo me evocó las imágenes de los hombres que llevan a la Virgen durante la procesión, a los tardo-adolescentes que saltan la reja y para los cuales el acto se convierte en el rito de iniciación que marca el tránsito hasta ser adulto.
La identidad expresada por los varones almonteños en la procesión del Lunes de Penetcostes tiene aquí la prueba de cómo se construye desde la más tierna infancia . Lo que expresan los niños que se arremolinan alrededor de ese trono ingenuo – y por ello maravilloso -, no tiene nada de juego a menos que consideremos algunos juegos como prácticas de aprendizaje social e identitario. Son conscientes de la transcendencia del acto y hay en su conducta una corporalidad que aprenden a expresar. Rodé un par de minutos, tampoco creo que haga falta mas, lo contrasto con imágenes de la procesión para que, aquellos que no conocen bien el Rocío, puedan apreciar la lógica identitaria que se expresa aquí en forma de anécdota visual, pero que se inscribe en un contexto mucho más complejo que he descrito en otra ocasión.