Ir al contenido principal

Rodar en super8. El Corpus de Hinojos 1979

28 de marzo de 2021

Referencia Bibliográfica: Comelles, Josep M. (2016) «La procesión del Corpus en Hinojos (1979)» (English and Italian subtitles).Super8/VideoHD. 3’42”. Tarragona Arxiu d’Etnografia de Catalunya

Rodar en Super 8

Cuando aprendía a ser antropólogo de campo, allá por 1979, en el Aljarafe y la Marisma rociera, solía filmar en Super8 si el bolsillo lo permitía. No era moco de pavo pagar treinta euros por tres minutos a 16 imágenes por segundo. Filmaba en el color brillante de Kodak, ávido de tonos cálidos, resultón en las películas familiares y en mis andanzas andaluzas en torno a la cultura folk. El colorido de las vírgenes, de los trajes de gitana «daba bien» con el Kodachrome de 400ASA. La alternativa era la película  700ASA que permitía ciertas licencias en tiempos de escasa luminosidad pero que tenía  mucho más grano, o la película Agfacolor que tenía el inconveniente de permitir una dominancia de colores fríos. El Fujichrome nunga me gustó. A finales de los setenta, mis referentes documentalísticos eran la recién estrenada – casi clandestinamente – Lejos de los árboles de Jacint Esteva (1970) pero sobre todo el free cinema británico, la nouvelle vague francesa y el neorrealismo italiano de Rossellini a Pasolini. Pero, pero… mis gustos cinematográficos estaban también muy teñido de determinadas orientaciones barrocas, básicamente la obra final de Ophuls (Letter from an Unknown WomenLa ronde y sobre todo Lola Montes), el Visconti historicista y la recién estrenada opera cinematográfica de Bernardo Bertolucci, Novecento.

Rodé el Corpus de Hinojos por pura casualidad. Unos amigos, maestros en el Rocío, eran del pueblo y nos invitaron a la procesión, pues sabían de mis intereses etnológicos. Me llevé una bobina de 15 ms (unos 3 min) y quizás el resto de otra. No tenía idea de la posibilidad de una etnografía visual – eso no se «estilaba» entonces – y el «cine etnológico» era una faceta del documentalismo. Rodar con Super8 era siempre una aventura: las cámaras domésticas estaban pensadas para funcionar en regimen automático, muchas carecían de enfoque manual, de modo que la distancia focal era «eso de desde un metro al infinito» y los ajustes de fábrica tendían a una ligera sobre-exposición. Con las cámaras actuales de video ruedo planos de un mínimo de 5”, con el super8 a 16 imágenes por segundo, mi limite eran dos o tres, esto es de 32 a 48 fotogramas. La «peli» fotoquímica «valia un pastón» en el tiempo en que era encargado de curso de 18 crèditos en la Universidad de Barcelona.

El Super8 aceptaba bien primeros planos y planos medios con buena luz, pero esa tecnología odiaba los contraluces y  los planos generales puesto que la superficie del fotograma era mínima y el grano no tan fino perjudicaba la calidad. De cara a los vídeos domésticos era suficiente, puesto que su objetivo era «documentar» fiestas y eventos familiares.

Aunque entonces lo ignoraba, o pensaba que lo ignoraba, tenía cierta pràctica visual aprendida mediante la fotografia en blanco y negro y las diapositivas y cierta inclinación personal a que prevaleciesen primeros planos y planos medios y, en lo posible planos de detalle. Sin embargo, en este caso, en la primavera de 1979 en Hinojos, te dejabas llevar por un grado considerable de intuición.

El corpus de Hinojos
Hinojos era, en 1979 cuando la carretera de Sevilla a Almonte lo atravesaba yendo al Rocío un pueblo característico de un Aljarafe en parte hoy desaparecido. Una comarca rural, primorosamente cultivada con unos pueblos en los que el «desarrollismo» no había aun dado lugar a la hegemonía del kitsch, no muy distinto de Almonte, de Aznalcázar o de Carrión de los Céspedes. Impecablemente limpio, con sus casas finamente encaladas.

A principios de la Transición, las procesiones de Corpus habían perdido parte de su lustre. El Corpus no tardaría mucho en dejar de ser uno «de los tres Jueves que relucen más que el  Sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión», y salvo casos como La Patum de Berga o algunas porcesiones de tronío en sedes episcopales ha dejado de formar parte del calendario nacional-católico de mi niñez.

El Corpus de Hinojos , ha resistido el paso del tiempo y Youtube anda lleno de documentos videográficos al respecto. No es, sin embargo, una atracción turística, tiene que ver con la identidad y los sentimientos locales. Hace casi medio siglo, entre el Rocio que viví allí por primera vez unas semanas más tarde y el Corpus de Hinojos había una distancia sideral puesto que en la romería almonteña había indicios sustantivos de su futura glocalización, mientras que los  videos actuales de Hinojos ratifican su condición local. Eso era, y es,  una ventaja. El desfile de Hinojos conserva el encanto de lo vivo, de lo «auténtico», de « fiesta de pueblo», que sabe adaptarse a los cambios pero preserva su valor identitario en un pueblo partido – como en tantos del Aljarafe por el “pique” entre dos Hermandades.

Ese Jueves de 1979 relucía más que el Sol porque hizo buen tiempo, y los lugareños vistieron sus mejores galas, y a las niñas y los niños, como el día de la Palma, las mamás los empolainaron. Con la cámara-ojo quise mirar lo que para mí tenía un valor de sinceridad, de orgullo identitario en un pueblo bien estructurado en Hermandades matrilineales y eso justificó que el aprendiz de etnógrafo abandonase por unas horas el juego de matriz y filiales en el Rocío, para tratar de atisbar lo que había aprendido de ese clásico de la etnología andaluza que fue el primer (gran) libro de Isidoro Moreno.

Cuarenta años después, me doy cuenta que en Hinojos abandoné por unos instantes la mirada etnográfica que me llevó a mis coetáneas interpretaciones materialistas del Rocío. Visitante curioso un Jueves soleado, mi mirada fue más cinematográfíca que etnográfica y mi cámara-ojo muestra una mirada desde el punto de vista del actor que filma y que se deja atrapar por el color, por la música, por las gentes, por puro placer. Cuando rescaté, hace una década la bobina, la telecinamos con medios de fortuna, y la compartí con Jordi Ferrus, uno de los tres cámaras del extenso material en Super 8 sobre el Rocío, éste me sugirió editarla. El Kodachrome original y un día radiante permitieron salvar el obstáculo de la baja sensibilidad de la película de Super8, y el milagro ambiental del baul de recuerdos no permitió que el color se deteriorase demasiado. ¿Cómo editarla?  En 2014, con motivo de la digitalización profesional de mi material en Super8 sobre el Rocío y el Instituto Mental incluí esta bobina en el paquete que deposité en la Filmoteca de Catalunya. La digitalización actual ha recuperado tonalidades, grano, luminosidad propia de la película original. Qué hacer. Mantener la estructura de la edición fundacional – con papel cel·lo -, ¿retocarla? La opción ha sido remontar los distintos planos para dar coherencia a un relato más linea, etalonar y retorcar algo la nitidez de algunos planos e incoporar la marcha de Corpus que se toco en Hinojos en 2018 y que permite añadir un paisaje sonoro a una película muda.

Descubro que las influencias visuales no vienen ni de Flaherty ni de Bresson… Tuve una tentación por las composiciones barrocas de algunos planos. No sé si el Aljarafe de las Hermandades duales queda reflejado aquí, pero tanto da. Fue un ejercicio de juventud que no tendría continuidad, pero fue el punto de partida por mi actual interés por la etnografía visual.