Nívolas surreales entre la locura y la ciencia ficción
Sacristán de Lama, Jose D.
Cuentos de Luna
2016. Salamanca Editorial Amarante
Las lenguas latinas son ambiguas en relación a los «cuentos». «Cuéntale un cuento» es casi como decir que cuentes una mentira, o la Blancanieves, o el Gato con Botas, o la Sirenita. Rondallas, narraciones breves, histoires, nouvelles son etiquetas ambiguas. Por eso los folkloristas catalanes optaron por rondalles para caracterizar los cuentos populares de niños y los franceses inventaron la nouvelle frente al roman. Para mí el cuento sigue siendo los que me contaban mis abuelas en la infancia – los de Saturnino Calleja – , o los «cuentos» clásicos como los de Grimm, de Andersen. Por eso al abordar Cuentos de Luna mi subconsciente me traicionó un poco. Pensé en una gavilla de fábulas independientes y hete aquí que me encuentro, no sé si con una novela, pero si con una nívola. La diferencia entre la novela o la nouvelle i la nívola está en que el autor ésta en la nívola y aquí se llama Sandino. Luna también me desconcierta, en mi casa quien te una lluna es alguien que está en pleno despiste, está en la Luna es que no se entera y te llunes porque tiene los altibajos durante los cuales está missing.

Abro el libro y en seguida comprendo que José David no estaba en la Luna – ni en Babia -, cuando escribió Cuentos de Luna. Demasiado compleja y sofisticada estructura de su narrativa, un relato de locuras y delirios que le permiten, como en la magistral Twelve Monkeys, a Terry Gilliam construir un relato que tanto podía interpretarse como una novela – de las buenas – , de Ciencia ficción o la transcripción de un relato parafrénico, el término con que los alienistas franceses caracterizaron el delirio perfectamente estructurado de algunos lunáticos. José David no es ni lunático ni un cronista de la locura, pero su relato – ficción en todo caso – , se inscribe en la mejor tradición del surrealismo y me atrevo a decir que en algunos pasajes de la escritura automática. Esto es literatura y de la muy buena porque el lector queda inmediatamente capturado por el devenir de la historia.
Las aventuras de Sandino: Cuentos de Luna es una nívola de aventuras – o de aventis que decíamos en mi niñez barcelonesa – pero no sé si en los campos de Roa donde nació José David. Aventuras religadas por el autobús de la Línea Ocho que permite pasar la barrera entre el aquí i el allá – uno de los temas claves de la mejor ciencia-ficción-, y deambular por un manicomio que Ay!, me suena a trasunto del Villacian pucelano donde ejercen mis amigos los alienistas del Pisuerga y en el que se desgranan parate de las aventis como en la línea de lo que sucedía en el Si te dicen que caí de Marsé, o en las aventuras de Guillermo de Richmal Crompton, el mosaico de historias era un retrato inmisericorde del autoritarismo de la familia británica de los treinta.
No estamos pues ante una antología de cuentos, sino ante una nívola hecha y derecha en la que el autor se permite devaneos autorales como en el capítulo «Matrioska» y terminar matando al autor como Unamuno hiciera en la nívola fundacional, Niebla. Dicho esto, con la pedantería propia del viejo profesor paso a comentar otra dimensión más personal de esta nívola. Yo conocí a José David viviendo en una sala gótica del Convent de Sant Agustí y en los bancos del caserón de la Universidad de Barcelona donde escuchábamos con embeleso a Claudi Esteva. En aquel tiempo tuve yo mi Luna, – como Sandino – , como muy probablemente bastantes miembros de nuestra cohorte de edad en el tardofranquismo. Mi luna, era estudiante de mi curso en la facultad de medicina de Barcelona, Bellísima, con el punto de frialdad que se atribuye a Catherine Deneuve, pero con el punto de morbo de Dominique Sanda. La miraba de lejos y jamás osé decirle nada, algo en lo que Sandino me supera, aunque sufriera unas sonoras calabazas. Lunas que formaban parte de los mundos privados a los que preservábamos en secreto y que solo es posible contar – contar cuentos -, elaborándolo como literatura. Y hete aquí que José David, tras cuatro décadas como arqueólogo, varios ensayos muy serios y muy apasionantes sobre la crisis del mundo actual y una novela policial, aborda una nívola. Me resulta curioso algo que està muy presente en nuestra generación. Cómo nos acercamos a lo literario y lo artístico cuando empezamos a restar y no a sumar. Algunos escriben novelas, otros, teatro, algunas poesía, David una nívola como yo hiciera hace una década en una monografía sobre un manicomio. En eso coincidimos porque el manicomio y la locura son material cultural, literario y artístico. José David ha optado por un relato en los límites del delirio y de lo onírico, yo opté por el humor soterrado omnipresente en Cuentos de Luna para contar el Manicomio de la Santa Cruz. No puede ser de otro modo, Jose David opta, como es debido por épater le bourgeois rompiendo reglas narrativas, el relato lineal y aunque no lo diga, no sé si por falsa modestia – , escribe una extraordinaria novela muy alejada del naturalismo y del realismo social y que se inscribe en la escritura surrealista algo no tan frecuente en la literatura castellana aunque no pocos pasajes del llamado realismo mágico se aproximan a ello.
He hablado del mucho humor, de algún modo Sandino es un poco un Candide en el mundo de los sueños y los delirios, esto es así porque nuestros mundos secretos solo pueden desvelarse, mediante juegos de espejos, referentes literarios, diálogos con nosotros mismos, entre Sandino y José David entre José David y Sandino. Se libera del armazón del ensayo, de la estructura de las memorias de excavaciones, se libera del convencionalismo del polar y abre las puertas a otro mundo – paralelo en el sentido positivista de la palabra – en el que la ausencia de convencionalismos – la estructura de géneros – le permiten abrir puertas y dejarlas abiertas para que entre aire fresco.
Poco antes de conocer a Jose David, descubrí la ruptura narrativa que representó Peppermint Frappé de Carlos Saura en la escritura cinematográfica de la Península. Comprendí entonces, lector ávido del realismo y del naturalismo que Saura rompía con un pasado que a pesar de sus innegables y brillantísimas aportaciones, no deja de ser un pasado que podía trascenderse. La puerta que abre Cuentos de Luna a pesar del epitafio de Sandino no debería cerrarse. Lean, disfruten, ríanse con la ironía soterrada. De eso se trata.