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La Plaga (VIII). Nosotros, la vacuna

12 de mayo de 2020

El Jefe de Servicio de Infectología del Hospital de Huelva, Nacho Suárez Lozano, ya jubilado, escribía hace unos días en su muro de Facebook que la vacuna del covid19 éramos los ciudadanos. Frente a un discurso un tanto milenarista que emergió muy rápidamente en el mes de marzo, a raíz de las polémicas sobre la declaración del estado de alarma, el Dr. Sánchez Pérez Castejón ya anunció la futura vacuna y los mensajes del mundo político y del mundo académico siguieron insistiendo «lo de la vacuna está hecho e incluso apuntando fechas, entre finales de 2020 y 2021. En una intervención reciente el Dr. Fernando Simón se cuidó mucho de prometer nada, algo que debe alabarse. En una entrevista reciente el prestigioso farmacólogo Joan Ramón Laporte, explica de un modo muy didáctico qué sucede en torno al tema, tanto de la vacuna como de los antivirales, destacando sobre todo su economía política. Detrás de la «promesa» de la vacuna hay mucho negocio y muchos intereses del sector de la investigación biomédica – otra cosa es la investigación puramente clínica que se limita a ofrecer pacientes a la primera. En este proceso las estrellas del rock han sido sobre todo investigadores que, en un modelo de investigación competitiva, quieren «situarse» en el candelero mediático puesto que eso influye en las decisiones políticas de priorización de inversiones públicas o privadas.

Louis Pasteur en una representación pictórica que contribuye al mito

Este discurso enlaza directamente con el mito del «descubrimiento científico» como si de un azar se tratase y que oculta la economía política de cada «descubrimiento», por eso hemos resuelto el VIH-SIDA cronificándolo, pero no tenemos aun vacuna para el paludismo. Laporte lo pone de relieve. El discurso mediático y político sobre la vacuna o la bala mágica – el antiviral – enlaza con dos mitos fundacionales del modelo médico: el del «pastorianismo» a partir de la mitificación – seguramente a pesar suyo – de Louis Pasteur, el medio mito de la «bala mágica» encarnado en Paul Ehrlich y su salvarsán antisifilítico y, claro está el mito absoluto de Sir Alexander Fleming y la penicilina. El término «mito», no supone en absoluto una descalificación de los autores citados – junto a muchos otros-. Mito remite a como se ha construido una mitología moderna que no invoca a Zeus o a Apolo, pero que ha sido fundamental para el proceso de medicalización de la sociedad contemporánea, en relación con la creencia – si, creencia-, que las ciencias «adelantan que es una barbaridad, una brutalidad» como en el libreto de Ricardo de la Vega con música de Tomàs Bretón, que aun hoy no tiene desperdicio.

El dueto entre Don Hilarion y Don Sebastián, La verbena de la Paloma (Breton, De la Vega)

El mito es indispensable, ha hecho posible el consenso sobre las prioridades en las políticas de salud en todo el mundo desde hace un siglo. El mito se construye sobre una noción de «eficacia» que remite a la investigación biomédica y esta noción de eficacia pragmática es un rasgo clave para explicar la hegemonía de la medicina en el mundo actual.

La paradoja que plantea el covid19 es que su control no se debe ni a una vacuna ni a una  terapéutica específica, sino a medidas sociales – el confinamiento-, medidas culturales, la asunción voluntaria de la ciudadanía de su responsabilidad en relación a los otros y que han dado lugar también a una movilización transversal del personal sanitario, desde los médicos clínicos al personal de mantenimiento, para reconducir una tecnología destinada a estabilizar pacientes con el objeto de tratarlos – las UCI -, para hacer posible que los pacientes generen su propia reacción inmunitaria y «se salgan». Una forma de compromiso social para aprovechar la efectividad de una tecnología de sostenimiento de la vida.

Se ha combinado la resistencia de los equipos asistenciales con la resistencia de los pacientes. Es interesante ver como las narrativas de los distintos estamentos involucrados, desde los pacientes a la mas modesta limpiadora ponen de relieve el valor de la tarea conjunta, sin jerarquías como en la página de Aguaita.cat en las que la razón que mueve a todos es un compromiso profesional y de una tarea conjunta en la que también interviene el cuerpo del enfermo intubado y sedado. Por eso se aplauden cuando el paciente sale rodeado por un equipo en que resulta difícil distinguir qué es cada uno.

Santi Martorell, On la vida es debat contra el coronavirus, reportaje fotográfico (Aguita.cat)

La segunda paradoja es la complementariedad entre las medidas sociales – el confinamiento-, y la conciencia de los ciudadanos en relación con los signos y síntomas del covid19. No dudo que, en el momento presente, una inmensa mayoría de la ciudadanía es capaz de describirlos y valorarlos y me atrevo a decir que una simple tos no implica abalanzarse sobre el teléfono sino darse una mínima espera para confirmar si es signo de alarma, cosa que si sucede si hay fiebre.

A pesar de los aplausos genéricos al personal sanitario de las 20.00 o a los pacientes que «se han salido», la vacuna del covid19 hemos sido nosotros y han sido medidas sociales y un cambio cultural los que han parado el contagio. La vieja fórmula del confinamiento medieval ha vuelto a ser eficaz. La diferencia es que, ahora la respuesta ha tenido que ser global y supone cambios culturales y sociales indispensables para no dependerá de la aleatoriedad de la producción de una vacuna o de un antiviral. Un cambio que consiste en entender que la salud no es solo personal y privada, sino una responsabilidad colectiva. Cada uno de nosotros es la vacuna de todos.

Abuela jugando con sus nietos, Rosa Guardia (rosasentat.org)

Este cambio cultural no es sencillo de consolidar por la afectación diferencial del covid19. No sabemos qué proporción de asintomáticos se dan en las diferentes cohortes de edad, si que los casos críticos corresponden a personas mayores y que la mortalidad se dispara en mayores de 70 años. Sabemos que, en niños, la enfermedad severa parece ser poco frecuente. Los niños y los jóvenes pueden contagiar por su movilidad, por sus practicas sociales y culturales – los juegos -. Han de saber que ellos también son «la vacuna» y para serlo deben aprender algunas cosas que significan un cambio cultural. Si antes se les enseñaba a lavarse las manos o los dientes, ahora debe que abrazar o besar a sus abuelos deberá hacerse de otra manera. Me pregunto qué sucederá una vez los niños vuelvan a las escuelas o a las guarderías y sean sus abuelos los únicos que puedan ir a recogerlos y atenderlos hasta la llegada de los padres. Esto supone un cambio en las formas de aprendizaje social y cultural, porque, aunque acabemos teniendo vacuna y antiviral, estaremos pendientes de la inevitable próxima pandemia.