Cable car y la etnografía sonora
Hace más de cuarenta años que conduzco vehículos de motor. Creo que habré hecho al volante alrededor de un millón de kilómetros. Me gusta conducir. Pero no he abandonado la fascinación que me produce, desde mi infancia, navegar en el pique de proa por los caminos de hierro. Empecé modestamente en el tren de Sarrià. En los automotores americanos Brill, de madera oscura, que ascendían por las pendientes de Collcerola, el conductor disponía de una cabina minúscula. Al otro lado podías aferrarte al pasamanos y contemplar la rampa, las curvas y contracurvas, mientras rechinaban las pestañas en la vía y el maquinista jugaba a cambiar el régimen de shuntado de los motores. Podía hacer lo mismo en el metro barcelonés, y creo que conocía todos los detalles del túnel de la Gran Vía, o en los tranvías. Nunca me gustaron los PCC ni los Maquitrans. No se podia ir delante. Muchos años después, la querencia no me ha abandonado. Hace un año y medio, en un paseo matutino inolvidable por la Ciudad de San Francisco, puede saltar de los viejos tranvías europeos restaurados, a los clásicos PCC americanos, como los que cerraron la era del viejo tranvía en Barcelona, al cable car. Ese es un artilugio mitad tranvía del Tibidabo, mitad funicular que nos fascinó desde nuestra adolescencia, puesto que simbolizaba un horizonte remoto al que nunca podíamos estar completamente seguros de poder viajar en la ciudad que vivió las epopeyas de Bullitt en su Ford Mustang. Por eso, en Noviembre de 2008, el tranvía tranvía me llevó primero hasta el puerto, a los viejos pier a los que ya no llegan ni buques ni ferries pero reciben a miles de turistas, y f embarqué en la terminal de Powell Street (¿Serà el Powell etnógrafo del Bureau of American Ethnology?, antecesor de Boas). En el pique de proa, opté por filmar el recorrido con una modesta cámara de fotos. Filmar, mirar. No tenía intención otra que la de conservar un fragmento de mis pasiones de adolescente. Al volver, y quizás no tanto por azar, iniciamos un periplo de largas conversaciones con Mensa acerca de la creación sonora, y los espacios sonoros. De ahí acabé recalando en la etnografía sonora y en el interés que podía tener. Al abordar, una año más tarde la edición de mi viaje en cable-car descubrí que el paisaje sonoro que accidentalmente se había grabado en el micrófono incorporado a la vieja Canon, tenía quizás interés y merecía conservar-lo. Edu Comelles emplea para ello tecnología high-tech -micrófonos binaurales – , un artilugio – caro – que parecido a unos auriculares de iPod permiten una grabación «espacial». En mi descargo vaya que mis medios más modestos añaden quizás la autenticidad etnográfica que en algunos casos se le supone. Happy New Year!