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Los Reyes del Rocío

16.07.2016

Han transcurrido más de treinta años desde mi último Rocío. En 1992, fui invitado por Canal Sur para retransmitir el salto de la reja, viví el par de días en la marisma con una peculiar emoción. Hacía ocho años que no iba a la Romería y en esas circunstancias – a las que se añadían otras de personales – , no sabes muy bien qué puede suceder. Fui solo, con un inmenso sombrero verde de guanaco de ala ancha para proteger la piel aun sensible de mi cara. De noche, en el terrado de la finca que enfrenta la ermita, con Inés Romero y Alito, el santero compartimos unas horas fascinantes, apasionadas, narrando lo que veíamos. Por la mañana seguí la procesión por el eucaliptal. No llevaba cámara. Solo miré y supe que muy probablemente no volvería a la Romería. Un lustro más tarde compartí con Edu y con Pol el traslado de la Virgen a Almonte a pie entre pinares por los arenales. No llevé ninguna cámara, pero si escribí un relato etnográfico en el que traté de evocar los cambios y los efectos que ello producía en mis sentimientos respecto al Rocío. Un relato sin imágenes, pero lleno de imágenes, de referentes visuales, de sensaciones, que ratificaban una inflexión en mi modo de escribir la etnografía.

Vuelvo cada año al Rocío, jamás a la Romería, siempre a la Ermita y a la marisma. Están en mi geografía sentimental. No hago fotos pero llevo siempre conmigo una cámara doméstica, pequeña que cabe en la mano. Cuando despliego el visor, apenas destaca. Viene a ser como una pluma que me permite tomar nota de lo que veo, o de lo que quiero ver. Viajamos al Rocío en pleno invierno, algún Año Nuevo, alguna semana de febrero, de ver en cuando un fin de semana. Esos días, si son festivos, las familias van de paseo a la Aldea. Ellas visten «domingo», ellos no tanto. Pasean por los arenales, disfrutan del crepúsculo, entran en la ermita. Algunas se arrodillan y rezan, otras quedan en los bancos y musitan una oración. En enero y febrero no es nada infrecuente encontrar autocaravanas de jubilados del Norte de Europa aparcados. No estoy muy seguro de si saben donde están, quizás algunos. Paseamos, entramos también en la Ermita, encendemos un par de velas sin excusa ninguna. El Rocío esos días es silencioso, soplan marinadas suaves, no suele hacer frío y a los lejos están los pájaros.

Es la víspera de Reyes. Hemos llegado a mediodía. Hemos preguntado si hay cabalgata. La chica del camping cree que si, pero no está muy segura. Los negocios turísticos están cerrados. Ha llovido y los arenales están encharcados. Aparcamos. Bajamos. Preguntamos. Nadie está muy seguro de nada. Quizás si habrá Cabalgata, peor ha llovido y. vaya ud. a saber. La Aldea esta casi desierta, el tiempo no ha sido muy bueno esos días. Paseamos aquí y allá. ¡Pum! Estalla un cohete en la lejanía. Debe ser la cabalgata. Son las cinco de la tarde, habremos de esperar. En la Ermita nadie sabe nada. En la terraza en que tomamos el café tampoco. Van estallando cohetes. Tomamos el coche y recorremos las calles hasta las nuevas hermandades. Los cohetes estallan más cerca, se oye rumor de tractores. Detenemos el coche y bajamos. Esta vez sí llevo cámara y micro.